El día menos pensado.

Elevarse del suelo, pintarse la cara, taparse los ojos, tocarse el cabello y vestirse de mar...

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Elevarse del suelo, pintarse la cara, taparse los ojos, tocarse el cabello y vestirse de mar… No era pedir mucho ni poco, era sólo ponerse guapa y flamenca para la vida, que no merecía ella menos porque, al fin y al cabo, vida no hay más que una y a ti te encontré en la calle…

Él se puso también flamenco, a su manera, porque por más que asumiera como cierto e ineludible un ‘tenemos que ir‘, lo incitaba tanto a la alegría como un dolor de muelas.

Y así entre un que sí, que no, que caiga un chaparrón que es primavera, se plantaron en el restaurante en el que esperaban su madre, la suya, la hermana que era madre también, la tía que no lo era menos… –el mundo está lleno de madres– susurró él tras besarlas a todas, por toda respuesta obtuvo una severa mirada de reproche.

La tarde fue un show entre vítores, brindis y otros festejos, claro que ellos, el uno por el norte de la mesa y el otro por el sur, estuvieron más con los de las chuches y las piñatas que con los del cóctel, la copa y el puro, todo por aquello de disfrutar y reir, de ser felices… y para descubrir que nada estaba cambiando en Dinamarca.

Las mamás, incluso en su día, seguían en boca de todos: que te portas mal, a mamá que vas, que no te comes la coliflor, a mamá que vas, que me pegas, a mamá que vas, que no me acuerdo como se hace esto, a mamá que voy, que te caes dando vuelta y media y te haces daño… ¡mamaaaá!

Y aun estando todas en boca de todos, no todas respondían igual; una ignoraba, la otra no oía, alguna miraba al padre pintando en su caída de ojos un ‘hoy te toca a ti‘ o un más claro y eficiente ‘soluciónalo‘. Luego estaba la que se levantaba como sin querer pero queriendo mucho en realidad, la que iba con ganas y garbo y la que se plantaba en el campo de batalla a liarla todavía más gorda porque sí, las mamás también juegan.

Así se imaginaba ella, fuera de sus peep toes y rodando por el suelo como uno más de aquellos locos bajitos, quizá por eso no fuera madre todavía, porque era demasiado niña en el fondo de su alma… Él la miraba desde el fondo norte y, a una mesa de distancia, ella lo observaba a él.

Empezó entonces la fiesta de los porqués entre los niños que rondaban los cuatro años, no faltaba ni fallaba jamás aquel envite, el de un por qué primero que cualquiera respondía pero que, al irse hilando con el por qué segundo y con el tercero, avanzaba al cuarto y al quinto camino del origen de la duda, desnudando la pregunta de artificios… y el que más y el que menos miraba hacia Cuenca o acababa por hacer un gesto de hastío y ninguneo que debaja a los enanos compuestos y sin respuesta.

-Un niño curioso siempre pregunta por qué– dijo la madre más madre de todas, la más abuela y la más sabia –y un niño inteligente hila siempre un por qué tras otro-. Nadie osó responderle aunque entre murmullos hubo quien retaba al resto a afrontar algún que otro por qué… ¡un poco de imaginación por favor! le respondió una mamá en tono encendido.

Y vosotros… ¿para cuándo?– no podía faltar… era la pregunta de siempre, tan directa e ineludible como siempre, el ‘y a ti que te importa‘ contenido en los labios, la sonrisa helada, una caída de hombros y… –el día menos pensado– respondió él que estaba, esta vez sí, al quite.

Frente a su tocador, libre ya su piel de todo rastro de pintura y mirándose a los ojos, se reconoció secretamente un profundo deseo de ser madre… y cuando menos lo esperaba, como salido de la nada y en el famoso momento menos pensado, él se sentó a su lado rindiendo toda resistencia en un abrazo y, mirando a los mismos ojos que antes se miraban y confesaban en silencio, confesó… -me pido padre- dijo en una mueca infantil que no lograba enmascarar aquel sincero deseo…

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