Ser.

Érase una vez la historia de una niña que descubrió que a SER se llega leyendo.

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Áine caminó enfurruñada hacia su habitación, con las gafas sobre la punta de la nariz y el ceño fruncido, con el cuello estirado hacia el cielo y los brazos bailando con paso marcial a ambos lados de su cuerpo. –Hay que ser persona-, repetía para sus adentros –¡ni que fuese ella un gato o un canario!-.

Se sentó sobre la cama y empujó las gafas, que estaban a punto de lanzarse de su nariz al suelo, hacia sus ojos, se cruzó de brazos y dejó que la oleada de ira que recorría su cuerpo se aplacara; los mayores eran muy raros, no le cabía duda alguna sobre ello, y lo que le preocupaba era que, cuanto más crecía ella, menos los comprendía -¡a lo mejor soy yo el perro verde!- pensó… y entonces tuvo sentido aquello que le decían de la importancia de ser persona.

Pasado un rato se levantó de nuevo, de nuevo sujetando las enormes gafas que acababa de estrenar, y se acercó a su pequeña librería; apenas quedaban en ella títulos pendientes de leer y además aquella tarde no le apetecían aventuras nuevas, buscaba refugio tras la regañina que había recibido y prefería visitar lugares conocidos en los que sabía que se sentiría como en casa; pensó en seguir de nuevo al conejo blanco con Alicia o incluso en adentrarse en la selva en compañía de Mogli, también la tentaba el universo de Matilda… pero entonces vió un libro que había llamado su atención hacía tiempo, su madre le había dicho que era demasiado complejo para ella, que ya lo leería más adelante. Le había permitido colocarlo en su librería en lugar de dejarlo en el salón, donde lo había descubierto, pero no había podido leerlo.

En un acto de abierta rebeldía lo tomó entre sus manos, hizo lo mismo con Alicia en el país de las Maravillas y, abriendo a Momo dentro de Alicia para que nadie que la viera leyendo pudiera siquiera adivinar que letras estaba llevándose a su mente, comenzó a leer.

La historia de Momo la arrastraba sin remedio, enseguida se vio en los zapatos de aquella niña tan lista a la que ni tan siquiera los hombres grises del banco del tiempo podían engañar; claro que a ella no le parecía tan excepcional su inteligencia –¡quién podía dejarse engañar por los hombres de gris!– los mayores, claro, como siempre, no contentos con casi matar la imaginación en La Historia Interminable ahora mataban el tiempo en Momo… –¿Sería que nadie les había contado la historia de Bastian, Atreyu y la emperatiz infantil ni tampoco la de Momo y los hombres grises?-.

Levantó los ojos del libro y vio a su madre en la puerta de su habitación, le propuso descansar un rato de su lectura, al fin y al cabo Alicia y ella eran ya íntimas de las veces que había leío su historia, y así merendar juntas. La merienda fue breve porque, aunque ya sabía que el tiempo que ahorraba era tiempo perdido, no podía esperar para volver a zambullirse en las aventuras de Momo.

Aquella noche leyó hasta tarde, era sábado así que nadie fue a decirle que debía apagar la luz…

Se despertó tranquilamente, como sólo se despierta los domingos, con la luz colándose por las rendijas de su ventana y un rico olor a chocolate inundando su habitación, entonces pensó en Momo y se sentó de un brinco en la cama, vió el libro de Alicia en el País de las Maravillas en la mesilla y, sobre él, con el marcapáginas sobresaliendo por la parte superior, Momo… Me han pillado, pensó… y se levantó con la pereza del que sabe que no le espera nada bueno.

Pero su madre sonrió al verla entrar en la cocina con los pelos despeinados y las gafas torcidas sobre la nariz, mañana iremos a la óptica a ajustar esas gafas ¿te parece? Áine farfulló un gracias por toda respuesta y se sentó frente a su taza de chocolate de los domingos.

Mojó dos estupendos churros en su chocolate espeso y con la boca todavía decorada por los restos del cacao inquirió a su madre… –a ver, ser persona dices, hay que ser persona… pero quieres decir ser buena persona y eso ¿no? Su madre la miró y ocultó media sonrisa tras su taza de café, hizo un gesto ligeramente afirmativo y apostilló –en realidad, me refiero a ser hoy un poco mejor que mañana y así cada día.

¿Y cuándo se llega a ser persona? ¿cuando se es mayor? insistió Áine, que no acababa de entender el asunto… –uy no, respondió su madre, hay gente que no llega a serlo nunca. La niña estaba entonces todavía más confusa, aquella conversación no estaba aclarándole nada en absoluto, más bien al contrario… –¿Y cómo se llega a ser persona? preguntó al borde mismo de la incomprensión. –A ser se llega por muchos caminos, algunos son difíciles y tortuosos, por eso hay gente que no llega a recorrerlos nunca del todo… De la incomprensión a la desesperación sólo hay un paso y la pequeña Áine estaba a punto de darlo. –¿Y cómo voy a saber cuál es el mejor camino?-.

Su madre la miró directamente a los ojos y le sonrió a la cara mientras limpiaba de su boca los restos de chocolate con la servilleta; eso, querida, ya lo sabes. Áine la miró confusa… y su madre aclaró sus dudas: -a SER se llega LEYENDO-.

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Las obras aludidas en este pequeño cuento son clásicos de la literatura infantil y juvenil de lectura más que recomendada para niños y no tan niños:
Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll
El libro de la Selva de Rudyard Kipling
Momo de Michael Ende
La historia interminable de Michael Ende
Matilda de Roal Dahl

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