Rebajas.

Érase una vez un relato de rebajas, tiempo y otros proyectos imposibles.

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Salió de casa dispuesta, este año sí, a gastarse en las rebajas lo que decía el telediario que se gastaba de media cada español, de hecho incluso fantaseaba con la idea de gastarse el doble para compensar sus nulas compras en las rebajas de enero del año anterior pero cuando las escaleras mecánicas la escupieron en la planta de moda y vio el mundo de burros cargados de prendas hasta donde alcanzaba su vista se dio cuenta de que a lo que no estaban tan dispuesta era a la cola del probador, a la cola para pagar, a las mil y una vueltas buscando este pantalón, aquella chaqueta o el otro vestido.

Le bastó un paseo de 10 minutos y media docena de ‘perdón’, ‘perdón’ de firma en firma para convencerse de que en realidad no necesitaba nada, de que su fondo de armario estaba magníficamente surtido y de que el sol de enero que se asomaba tímidamente entre las nubes la llamaba con la determinación suficiente como para que no pudiese resistirse a responderle. Bajó las escaleras y en pocos segundos estaba en la calle, libre de rebajas, de moda y de compras… Claro que le bastaron otros 10 minutos para que el frío la convenciera de que la mejor idea era la que la llevaba a casa y solo 5 más para volver al hábito adquirido durante los confinamientos y cierres perimetrales varios durante la pandemia: las compras, por internet. ¿Cuánto tardaría en convencerse de nuevo de que la moda es siempre mejor tocarla y probársela antes de meterla en la cesta de la compra? No se daba más de 15 minutos… y no llegó a los 12.

La inquietud constante, la incomodidad perenne… ¿serían también efectos de la pandemia? ¿O sería cosa de la edad? Hacía ya un tiempo que los días con sus horas se le colaban entre los dedos de las manos y se le escapaban sin haberles sacado el jugo y el mero hecho de pensar que podía ser cosa de la edad le añadía un extra de urgencia a la inquietud, a la incomodidad, a la prisa… Era una sensación extraña, como si cualquier cosa que quisiera hacer no cupiese en un día, en dos ni en una semana y entonces la cosa en cuestión se quedaba sin hacer y los días se iban de vacío ¿qué absurdo era aquel? Tal vez la consciencia, ahora no solo sabía que cada elección suponía un mundo de renuncias sino que lo sentía, lo sentía porque a los 30 cualquier elección es susceptible de ser corregida, a los 47 en cambio no se concedía el derecho a equivocarse con tanta facilidad.

Quizá era eso, tal vez no fuera la edad ni fuera el tiempo, tal vez fuera ella y su empeño en buscar una perfección imposible que le impedía llegar a la imperfección posible y la dejaba anclada a proyectos inacabados cuando no pendientes de empezar. Romper aquella deriva de sueños rotos y tiempo perdido se le antojaba una necesidad de obligado cumplimiento y no tenía la más remota idea de cómo hacerlo… pero algo había que hacer.

¿Qué hacer? Recuperar la perseverancia, el reloj apagado y el proyecto imposible, todo en uno: comenzaría de nuevo a leer el Ulises de Joyce. Virgina Woolf no había pasado de las 200 páginas, ella en sus intentos previos no había llegado a las 100… pero ahora que su vida fluía con el mismo desorden que sus pensamientos tal vez fuera el mejor momento para vérselas de nuevo con los monólogos interiores de Joyce… o tal vez no pero, dado que sabía era que el tiempo se le escurriera vacío entre los dedos, agarró el ebook y se puso a la tarea porque sabía que en realidad lo importante no era el tiempo de vida sino la vida del tiempo.

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