Otoños del corazón.

La nostalgia, y en ella la inquietud, tiende a renacer en otoño al tiempo que la naturaleza prepara su hibernación.

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Amanecía un día luminoso y bello, uno de esos que quieren seguir siendo verano pero a los que les falta calidez y les sobran tostados; eran días de fin de temporada e inicio de lo nuevo, días de nostalgia, de sentir y pensar, de decidir. Esa era, sin duda, la parte más compleja del asunto, no tanto por qué intentar o qué elegir sino por los caminos dejados atrás y las puertas que cerraba uno tras de sí sabiendo que, probablemente, ya no volverían a abrirse.

Decidió estrenar zapatillas y vestir por fuera lo nuevo como ansiaba sentirlo también por dentro, aunque sabía que sería no cosa de hoy para mañana, que llevaría un tiempo, porque antes de la luz y el calor de un nuevo verano habría que transitar la nostalgia del otoño, la rudeza del frío y la angustia de la primavera –todo un viacrucis– pensó.

Sonó el teléfono y la sorprendió con una invitación a comer entre risas conocidas y el abrazo de la buena compañía, lo que no pudo parecerle mejor, porque este plan inesperado ocupaba su domingo suavemente sin dejar lugar a los otoños del corazón que, en el séptimo día de la semana, solían revolverse con mayor convicción que en sus seis hermanos previos.

Paseó la casa recogiendo un poco allí, cambiando un detalle de acá, intentando siempre acomodarlo todo a sí misma y a su gusto, rodeándose tan solo de aquello que despertara sensación de bienestar en su ánimo y relegando -incluso escondiendo en un cajón- todo lo que le provocaba sensaciones feas; sabía que aquel cajón acabaría por ser su caja de Pandora particular, claro que no era ella tan curiosa como la primera dueña de la caja -que era en realidad una jarra- de los males del mundo y se cuidaría bien de abrirla fuera de tiempo y forma.

Eligió los tejidos más suaves y ligeros de sus primeras prendas de otoño y los combinó con un toque de luz y verano en bolso y complementos antes de salir a la calle y regalarse un largo y cálido paseo camino del restaurante donde pasaría un dulce mediodía de amigos, mantel y sobremesa.

Mientras corría el café acompañando deliciosos postres a compartir, llegaban hasta ellos los ecos de la mesa de al lado en la que una familia a completo -desde los niños a los abuelos- compartían un domingo de celebración; no llegaron a entender el motivo de la fiesta pero sí cómo el abuelo aprovechaba el momento para explicar al rastro que de sí que dejaría en el mundo -sus pequeños nietos- que el truco de la vida está en no rendirse jamás, en ser constante en el esfuerzo tanto al sol como a la sombra y el invierno…

Ya -dijo una voz amiga a su oído a modo de sutil secreto– aquello de elegir primero que puentes cruzar y cuales quemar lo deja para lecciones más avanzadas, ¿no?- ella sonrió y comentó que quizá fuesen demasiado pequeños aquellos niños para una lección tan avanzada.

Regresó a casa pasada la media tarde, con el otoño ya no sólo en el corazón sino en la brisa fresca que se movía libremente por las calles, era la misma que ondeaba la cortina de su salón en un ventanal que sabía cerrado antes de irse…

Se quedó anclada al suelo, no supo por cuanto tiempo, siendo los retazos de una conversación de puentes, empeños y esfuerzos en su cabeza antes de encanminar sus pasos cansados hacia la puerta…

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