Mundo.

Érase una vez la historia de un catador de mundos...

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A veces uno siente como se hace mayor, incluso cuanto mayor se hace; en esos momentos, nunca en otros, entiende que cuando de niño le decían ‘venga! tienes que comerte el mundo!’ no era una premura ambiciosa lo que delataba el tono ni la urgencia, era la realidad absoluta de que el mundo está para comérselo, sopena de que él te coma a ti.

Sonrió al ver aquella anotación en su libreta, se sintió de nuevo ciertamente deacuerdo con ella y pasó página porque aquella lección la había aprendido bien y no echaba el cierre del día sin asegurarse antes de haberle dado un buen bocado al mundo.

La cosa tenía sus riesgos, había días en los que las notas sápidas del mundo eran de lo más placentero, dulces, intensas, emocionantes, evocadoras… eran los días en los que el mundo sabía a fresas con nata o naranjas frescas, a limón, a frambuesas y a chocolate; esos días eran luminosos y brillantes, días de vino y rosas, de risas y de muchos sueños.

Había también días que resultaban de lo más sosos, como si el chef de turno -que a saber si sería un ángel o un arcangel, cabe que incluso fuese un apostol, una diosa romana o un héroe griego- se hubiese olvidado de salpimentar la receta o de añadirle al menos unos granitos de pimienta o de cayena.

¡Ay la cayena! y es que había días en los que no lograba distinguir si era ella o incluso una guindilla, el caso es que le ardía la vida de tanto picante. Esos días solían dejarlo rendido, ansiando una ducha larga y cálida y una larga noche de sueño reparador. No eran los días mejores pero tampoco eran malos, los malos prefería olvidarlos porque bastaba un lejano recuerdo de alguno de ellos para sentir de nuevo en su boca el sabor de una receta mal pensada y peor hecha, de un guiso pegado a su cazuela y de arroz quemado y apelmazado.

Cuando en una mala racha se encadenaban los días de aromas y sabores insoportables, sentía la tentación de echar al olvido aquello de comerse el mundo y ponerse a dieta para el resto de sus días, pero no se dejaba llevar por el miedo porque sabía que no era más que una sensación escapada de su infierno que buscaba llevarlo con él. Sonrió con cierta sorna al pensar que, tal vez, acabaría en el infierno de todos modos, por sus errores, por sus despistes, por lo peor de su lado oscuro pero si de algo estaba seguro es que no sería por su desidia.

Volvió unas hojas atrás en su libreta buscando la cita que la había llevado a divagar un rato… y escribió a su pie: Perseverancia, amiga mía.

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