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Mi unicornio azul.

Le sonreiría a la vida cada día hasta que ella no tuviera más opción que devolverle las sonrisas…

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Escuchó pacientemente aquella cantinela una vez más… lo mal que estaba todo y lo peor que iba a estar, las culpas de los unos y los otros, nuestro mal hacer y menos saber… y así un buen rato; era algo así como la canción del verano que sonaba ahora en todas las estaciones… aprovechó la primera oportunidad para huir como alma que lleva al diablo y sin mirar atrás.

Caminaba de regreso a casa con paso rápido y nervioso, incapaz de liberarse de aquella sensación de ahogo y muerte sin remedio que le atenazaba el alma cada vez que escuchaba aquel discurso que no hacía sino presagiar una nueva caída de las siete plagas del apocalipsis sobre nosotros.

Intentaba entender, hacía acopio de toda su empatía y trataba de ocupar los zapatos ajenos y ver la vida tras el oscurecido cristal que cubría otros ojos pero no alcanzaba a encontrar sentido alguno al camino del desencanto y el disgusto. Cuánto más pensaba en ello su capacidad de comprensión disminuía dejando a su paso un disgusto creciente que aceleraba sus pasos a la carrera.

Se acercaba ya a casa cuando acertó a verlo sentado en el parque cercano, junto a sus vecinos de puerta y hogar; se encaminó entonces hacia ellos, cada vez con el alma más tranquila, la cabeza más en calma y el corazón tan cálido como siempre. Él no se percató de su cada vez más cercana presencia y siguió pendiente del más pequeño de sus vecinos…

El chiquillo ocupaba su lugar en su carrito mirándolo con expresión seria, casi reflexiva, impensable en un niño tan pequeño… él ejercía, en apariencia, de bebé en aquel intercambio de mirandas silencioso y lleno muecas, las suyas, que no lograban arrancar expresión alguna en el pequeño rostro que lo observaba desde el carrito.

Pero él insistía, porque él era de los que no desistían jamás… y mientras ella dejaba que sus pasos la llevaran hacia él, observó como sin previo aviso y por sorpresa, el pequeño sonrió… entonces él repitió la mueca que desencadenara aquella sonrisa a la que siguieron carcajadas y risas sin fin.

Sonrió entonces ella para sí misma quitándose el abrigo del enfado y el disgusto… no estaba equivocada, no podía estarlo… la vida es como los niños según los miras así sienten y así responden.

Se acomodó a su lado al tiempo que le plantaba un beso y se unía al festival de juegos, muecas y sonrisas asiéndose con más fuerza y convicción a su unicornio azul, a su inspiración más íntima y personal -esa de la que a veces, por la cantinela del futuro negro, se perdía-, le sonreiría a la vida cada día hasta que ella no tuviera más opción que devolverle las sonrisas…  porque, al fin y al cabo, la vida no es como es… es como la sientes, como la haces, como la vives… como la viajas, la muerdes y degustas, como la escuchas, la bailas y la hueles… como la tocas, la acaricias y la ruedas… la vida es como tú…

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