Máscaras.

Érase una vez la historia de un baile de máscaras que duraba mucho más que un carnaval... toda una vida.

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El día era tan luminoso y cálido que animaba a disfrutar de un paseo dominical a pesar de ser carnaval y correr el riesgo de cruzarse con jaurías humanas vestidas de lo que no eran y haciendo lo que no se atreverían a hacer a cara descubierta, nunca le habían gustado las máscaras, ni tan siquiera las venecianas por artísticas que fueran, pero la calidez del sol que se colaba por las ventanas era tan tentadora que resultaba imposible no rendirse a ella. Se plantó el chandal y las zapatillas y se tocó la cabeza con una gorra y unas gafas de sol para ocultar tras ella la mirada de reproche que lanzaría a quien se atreviera a gastarle una broma de carnaval.

Llegó al parque, un lugar que consideraba bastante seguro, probablemente lleno de niños demasiado pequeños todavía para jugar a gastar bromas desagradables; en su paseo se cruzó con tres Dar Wather y dos Luke Skywalker, un par de dinosaurios, tres Harry Potter, una decena de princesas, algún pirata tuerto, una fauna de lo más variopinta que iba de leones y elefantes a ratitas presumidas, alguna que otra Blancanieves y más de un espadachín, también algún caballero que decía ser el Cid Campeador; ni tan siquiera ella, con todo lo que destestaba el carnaval, podía remprimir alguna que otra sonrisa ante el mundo que poblaba el parque aquella mañana.

Claro que luego estaban los periódicos, esos a los que no renunciaba a dedicar un rato cada domingo y que le recordaban que el verdadero baile de máscaras ni era infantil ni duraba lo que un carnaval, era la vida misma, cada día… Se preguntaba si siempre había sido así o si era cosa de los tiempos que le había tocado vivir aunque era una pregunta sin respuesta a la que no dedicaba más que el fugaz momento que ésta tardaba en cruzarse por su cabeza; importaba poco si era cosa de ayer, de hoy o de siempre, lo que importaba es que era así y no parecía que fuera a dejar de ser así en un futuro próximo, cada mañana un porcentaje cada día más elevando de gentes se plantaba su máscara (la de ejecutivo de éxito, la de super mujer, la de víctima, la de villano, la de madre abnegada, la reivindicativa, la de salva patrias…) y agarraba la bandera ideológica que más rédito podía darle en su escalada diaria hacia una cima imaginaria (la bandera feminista, la independentista, la ecologista, la de la igualdad real (una igualdad que debía conseguirse, por fuerza, a través de la discriminación positiva que era, de facto, otra forma de desigualdad real), contra el cáncer infantil, a favor de la gestación subrogada, en contra del cierre de las nucleares, a favor del reciclaje… o cualquier otro titular de telediario).

Y, en el mejor de los casos, cada cual con su máscara y su bandera buscaba el grupo al que sumarse en modo hooligan en aras del bien común y el éxito propio… o a lo peor era al revés, el grupo era quien definía las máscaras y banderas de cada día y una cohorte de gentes, actuando con la independencia e individualidad de los borregos, cumplía las indicaciones recibidas… de eso también había, también había habido siempre, intuía.

Cerró los periódicos que había comprado en el kiosko camino del parque y los dejó sobre el la mesa de la terraza en la que había disfrutado de un reconfortante capuccino cuyo efecto se veía disminuído por el poder desestabilizador de las noticias del día; continuó su paseo cruzándose con nuevos super héroes y princesas, algún ladrón y más de un fantasma ¿y qué pasaba…? se preguntó ¿qué pasaba con los que no encajaban en ningún grupo? ¿con quienes tenían su propia concepción del mundo en el que querían vivir sin que ésta encajara como una pieza del puzzle en ninguna de las previamente establecidas bajo las banderas que ondeaban al frente de la sociedad en que vivía? ¿qué ocurría con quienes no querían ponerse máscara alguna por las mañanas ni envolverse en ninguna bandera? Eran como los niños que detestaban las máscaras y se negaban a disfrazarse, perros verdes a veces aceptados, otras no tanto… Claro que ella esa fase de miedo a encajar mal o no hacerlo en absoluto la había superado hacía tiempo y disfrutaba como nunca de tener su propia concepción del mundo, sus propias ideas y no venderlas al mejor postor ni a la mejor promesa electoral.

Saludó a sus pequeños vecinos, un bombero y un astronauta que jugaban al pilla pilla, y regresó a casa con la gorra en el bolsillo y las gafas de sol en la mano porque la idea de ser un perro verde, de repente, le encantaba.

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