Letras.

Érase una vez un caja de letras en la que vivían todas las letras del abecedario -en mayúsculas y en minúsculas-, juntas podían decirlo todo o nada, y lo sabían...

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A la A mayúscula le molestaba sobremanera verse convertida en artículo de juego para la niña que era dueña de la caja y de todas las letras que ésta contenía; en realidad la pequeña era una niña curiosa y ordenada que jamás había perdido una sola letra, ni tan siquiera había olvidado alguna en la mesa o en la alfombra tras jugar con su caja pero la A era mayúscula y orgullosa, se sabía la primera del abecedario y le disgustaba descubrir como a la pequeña le gustaba más su hermana minúscula que ella misma.

Había más letras que pensaban como la A mayúscula, no tanto por sentirse ellas más importantes que nadie sino porque les gustaba jugar solas… a las letras les gustaba componer palabras a su antojo en lugar de dejarse caer muertas al suelo y verse rendidas al libre albedrío de quienquiera que jugara con ellas por eso, cuando volvían todas a su caja y veían la tapa cernirse sobre ellas, sonreían.

Y por eso, cada vez que la niña abría su caja observaba las letras y se mesaba el cabello, se mordía una uña y se tocaba un pendiente mientras pensaba que ella no había dejado sus letras colocadas de tal modo.

Claro que no le importaba demasiado, más bien al contrario, le emocionaba pensar en la intensa vida que vivían sus letras en la caja cuando ella no las miraba…

Cerrada la caja y sabiéndose a salvo, la A mayúscula se removió hasta ponerse en la parte superior de la montaña de letras ante el amargo quejido de una O grande y mayúscula que tenía que aguantar ahora a la A subida a su lomo; la m minúscula no tardó en moverse entre líneas y montones de letras hasta dar con la A mayúscula y acomodarse a su lado como tanto les gustaba a ambas; la O mayúscula dejó paso a regañadientes a su hermana pequeña que se enganchó con gusto a la m minúscula… Nadie protestó cuando la r pequeña se acercó quemando rueda a la o minúscula poniendo así el último sonido a una palabra grande y hermosa, la más bella, la más útil… Amor.

La mano que mece la cuna besó a la pequeña, que dormía ya profundamente, y recogió la caja de letras de la alfombra, antes de volver a colocarla en su estantería la abrió y acarició las letras asegurándose de que la próxima vez que la pequeña abriera su caja, encontraría una palabra bella mirándola a ella y sólo a ella… Eran palabras que se quedarían para siempre grabadas en su retina y en su mente, eran las que entraban a formar parte, ocupando un lugar privilegiado, de su diccionario personal, eran palabras intensas y bellas en su fondo y en su forma, en su fonética y en su grafía, eran palabras que componían la parte primera de sus emociones, eran los ingredientes de un modo de sentir y, por ende, de vivir, era la certeza de empezar por lo importante…

Y, sabiendo que la palabra que verían los curiosos ojos de la niña la próxima vez que cogiera su caja sería Amor, la mano que mece la cuna la colocó de nuevo en el armanio…

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