Harina.

Érase una vez la historia de un bizcocho que obligó a su pastelero a meterse en harina...

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Tamizó la harina muy lentamente, no porque así lo exigiera la receta, sino porque le resultaba relajante ver la suave lluvia blanca caer sobre el cuenco dispuesto a recogerla; tenía las manos limpias, impolutas, pero se acercaba el momento en el que no tendría más remedio que hundirlas en la harina, en los huevos y el azúcar para convertir aquellos ingredientes en una masa con la que preparar después un rico bizcocho de chocolate.

Mientras veía caer la harina pensó que, como la receta de su bizcocho, la vida exigía a veces meterse en harina, mancharse las manos y trabajar con esfuerzo y constancia hasta lograr la textura deseada… y no siempre se conseguía, a veces la vida era más terca que uno… o no, al fin y al cabo la decisión de rendirse era íntima y personal.

Se remangó un poco más la camisa y comenzó a trabajar la masa, añadiendo un poco de harina cada vez para que ésta se fuera soltando de la tabla de madera sobre la que amasaba y también de sus manos. Esta vez sí, pensó al ver como aquella mezcla de ingredientes comenzaba a tomar textura de masa de bizcocho y al recordar como sólo unos días antes otra tanda de esos mismos ingredientes había terminado en el cubo de la basura… No había ocurrido porque fuera una cocinera mediocre, que lo era, sino porque su cabeza estaba aquella tarde muy lejos de su bizcocho, aquella mañana no, la harina al tamizarse la había atrapado de tal modo que su mente no había divagado, se había quedado pegada a su bizcocho como la masa a sus manos.

Horneó la masa y, mientras esperaba a que se enfriase lo suficiente para convertirla en un pastel de chocolate, se preparó un café, el primero del verano que no cargaba de hielo sino de leche templada, la tarde era veraniega en su luz pero no en su temperatura, el otoño estaba ya llamando a la puerta de su vida y por eso aquella tarde era de bizcocho de chocolate y de café caliente.

Abrió el bizcocho y extendió el chocolate negro fundido con la misma parismonia que tamizara antes la harina, lo tapó de nuevo y continuó extendiendo chocolate ahora por la parte exterior, poniendo especial cuidado en que no quedase ninguna imperfección en su bizcocho; lo decoró con coco rayado y lo dejó de nuevo sobre la encimera de la cocina para continuase enfriándose hasta estar listo para ser degustado.

Por un momento dudó al clavar el cuchillo en el bizcocho, sentía que iba a destrozar un trabajo artesanal hecho con sus propias manos… claro que cuando lo hizo y escapó del interior del bizcocho su delicioso aroma a obrador, y más cuando le dio su primer bocado y disfrutó de la perfección de su masa y de las deliciosas nota sápidas del chocolate, olvidó aquellas reticencias. El bizcocho era, como la vida, para comérselo.

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