El saco sin fondo de las vidas salvadas.

Érase una vez la historia del hombre que, al descubrir la insulina, salvó millones de vidas.

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Cuando el 21 de febrero de 1941 Banting se dio cuenta de que había muerto no sintió nada, eran muchas las vidas que había visto borrarse de la faz de la tierra, la suya era solo una más; se elevó sobre los restos del avión en el que se había estrellado, miró al mundo desde media altura y puso rumbo al cielo en el que lo esperaban con fanfarrias y timbales, con fiestas, bailes y alegría porque él era el mejor de cuántos habían afrontado jamás en el mundo la parábola de los talentos. Claro que eso él todavía no lo sabía, de ahí su sorpresa al llegar a las puertas del cielo y descubrirlas abiertas de par en par.

No se atrevió a cruzarlas, había sido estudiante de teología y sabía muy bien que aquellas puertas estaban custodiadas por San Pedro, ni loco daría un paso adelante para cruzar su umbral sin hablar antes con el santo; San Pedro le esperaba al otro de la puerta y, al ver que no llegaba, asomó por ella su oronda figura y su gran sonrisa ¡Frederick! * Lo llamó abriendo los brazos y ensanchando más si cabe su sonrisa, Banting se limitó a inclinar la cabeza en señal de respeto.

Cuando cruzó las puertas del cielo y sintió que se cerraban a su espalda sin que mediase juicio alguno Banting se sintió confuso y el jolgorio que había montado en el cielo en su honor lo confundió todavía más; tenía solo 49 años y había dejado muchas cosas por hacer abajo como para que sintiese que tenía algo que celebrar; claro que si era su hora, era su hora, no iba él a discutir tal cosa ni a quejarse por estar en el cielo en lugar de en el infierno, además siempre había sabido que no tendría 7 vidas pero le apenaban tantos trabajos inacabados y se entristeció más aún al pensar en su hijo que serían, desde ese día, un huérfano más en la tierra, uno que se sumaría a los miles de huérfanos que estaba dejando la guerra en Europa.

San Pedro seguía el discurrir de los pensamientos de Banting y se daba cuenta de cuán despistado estaba, lo cierto es que le sorprendía un poco porque hubiera esperado una visión más clara de un estudioso de la teología como había sido Banting pero se conformó pensando que la humanidad era así, imperfecta y emocional, incauta y a veces ciega ante lo más evidente. Sintió como Banting se iba angustiando más por momentos porque por momentos entendía cada vez menos y por eso lo atrajo hacia un lugar apartado y, acomodándose sobre una nube, quiso disipar su angustia y sus dudas.

¿Recuerdas la parábola de los talentos? Le preguntó San Pedro, Banting respondió que sí, claro que la recordaba, era una de sus favoritas, tanto era sí que solía contársela a sus hijo como si se tratara de un cuento: Dios confiaba sus talentos a los hombres para que, actuando con ellos libremente, los desarrollaran en un tiempo determinado; pasado ese tiempo Dios pedía cuentas a los hombres de lo hecho con sus talentos y descubría que uno de ellos le devolvía el mismo talento intacto porque había sido presa del miedo a perderlo y se había limitado a custodiarlo con gran celo, otro que había dilapidado su talento y solo uno que logró multiplicarlo…

Mientras resumía así, al vuelo, la parábola Banting pensó si acaso sería aquella reunión con San Pedro su particular Juicio Final, al fin y al cabo su vida estaba llena de pecados… había sido un soldado en guerra, se había casado pero también divorciado, se había vuelto a casar sin bendición divina de por medio, había abandonado la teología y su fe había sido puesta en solfa a lo largo ancho de toda su vida…; el santo sonrió al leer tan descabellados pensamientos en la mente de Banting y quiso deshacer su angustia para siempre: tú eres el siervo que ha multiplicado sus talentos, Frederick, no solo has sido un hombre trabajador, comprometido y justo; has hecho un gran descubrimiento y aun cuando pasen años arremolinados en lustros y décadas, tus talentos seguirán multiplicándose, tu saco sin fondo de las vidas salvadas seguirá llenándose aun cuando tu ya no camines por la tierra porque cada diabético diagnosticado verá cambiada su condena a muerte por una larga vida y no será gracias a Dios sino gracias a ti, gracias a la insulina que tú descubriste. Y así será aun cuando el hombre, ciego tantas veces a lo importante y adorador héroes falsos y dioses de cartón piedra, te eche al saco de sus hombres olvidados.

Banting miraba a San Pedro sintiéndose abrumado por la realidad de su vida, había estado tan ocupado investigando, tratando de ayudar en las Guerras Mundiales, cuidando de su hijo… que había olvidado que el día que él, Macleod y Best habían descubierto la insulina no habían curado la diabetes pero sí la habían convertido en una enfermedad tratable, habían salvado millones de vidas…**. Se sintió en paz. Su vida no había sido larga pero sí fructífera. Había hecho de sí mismo, en el tiempo que le había sido concedido, su mejor versión y había dejado un legado eterno en la tierra.

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* Frederick Banting descubrió en 1921 la insulina gracias a su trabajo de investigación desarrollado con John James Richard Mcleod y con su ayudante Charles Best. El Día Mundial de la diabetes se celebra en 14 de noviembre en su memoria pues se celebra su efeméride.

** En octubre de 2021 se ha cumplido un siglo desde el descubrimiento de la insulina, todo un siglo de vidas salvadas.

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