El ocaso del verano.

Pisaron suelo del Madrid histórico y vivo, de mediodías de siesteo y tardes de cines, teatros, cafés... un Madrid de domingo.

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Se suavizaban los días, señal inequívoca de que llegaba el ocaso del verano… se imponían los atardeceres anaranjados y amaneceres de brisa fría anticipo del tiempo que estaba por llegar. Esto no parecía suponer problema alguno para él, aun a pesar de su gusto por la calidez del sol, era un tipo tan inquieto que cualquier cambio le iba bien, le resultaba interesante y era capaz de buscarle siempre las posibilidades buenas.

Quizá por eso estaba tranquilo, degustando el domingo en todos sus minutos… su rato de correr bien calzado, de comprar el pan y el periódico, su tiempo de sillón orejero y lectura sosegada dejándose embriagar por el aroma del papel y el tacto de sus hojas… Y reía, reía secretamente sintiéndola revolver el armario y la cocina, pasar por el salón y volver de nuevo al armario para pasar una vez más a la cocina, las tostadas y el café

No daba importancia a sus aspavientos, a su andar airoso y encendido, a su hablar ensimismado y su gesto enfurruñado… sabía que era tan sólo cosa del otoño, de no querer echarse la manta al cuerpo y encender luces en lugar de abrir ventanas. Sabía que faltaba ya poco para que dejara de zascandilear y se sentara junto a él en el salón dispuesta e emitir un discurso que empezaría en el sentido de la vida… claro que este año no estaba él por la labor de permitirle profundizar en el asunto.

Viéndose él ya en jeans y siendo más de las 2, la obligó a enfundarse sus otoñales G Star sobre unas cuñas y la arrastró a las calles a caminar y a ver, a vivir un Madrid de domingo y fiesta, de tiempo bueno… Del jazz y el Gumbu al arancello, compusieron un menú delicioso que arrancó más de un brillo a sus ojos; y con el gusto así, enchido de gozo y satisfacción, pisaron suelo del Madrid histórico y vivo, de mediodías de siesteo y tardes de cines, teatros, cafés… un Madrid de domingo.

Bien – comenzó él en tono jocoso y divertido, animado probablemente por el segundo arancello – ¿quieres que tengamos ahora esa conversación absurda tuya acerca del sentido de la vida y de las cosas? – ella respondió al despiste, como si no hubiese captado la sorna que adornaba su pregunta – no, la verdad es que no… más que hablar del sentido de la vida… prefiero dárselo – él la miró entonces sorprendido – ¿ah sí? – se encontró con su mirada frente a frente, directa al fondo de sus ojos y su deseo… – ¿qué tal una velada… en Capri? -.

Life Looks Good

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