El embrujo de Coco.

Su embrujo era su esencia, su estilo, sus modos, su encanto, su solvencia... su embrujo puede ser tuyo, su embrujo puedes ser tú.

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Antes de cerrar la puerta tras de sí, dejó vagar sus ojos hacia el espejo y recorrió su cuerpo de peep toes a sombrero asegurándose de no haber dejado detalle al azar. Se ajustó la chaqueta y sonrió, se veía tal y como se sentía, como debe mostrarse siempre una mujer: con clase y faboulosa.

Caminaba elegante, con paso tranquilo y seguro sin prestar la menor atención al mundo a su alrededor; una vez sabes que los hombres son como niños, lo sabes todo… o eso al menos afirmaba una mujer con la que no estaba dispuesta a discutir y, puestos a tomar sus afirmaciones como dictados de fe, irremediablemente, tocaba jugar con los niños y como niños…

Entró en el salón con el rostro arrebolado y la emoción contenida, esperando ser capaz de lucir la solvencia en la que se había vestido para la ocasión; no hago moda, soy moda, recordó, y esa noche, vestida y perfumada en ella, ella era moda y Chanel; paseó su vista sobre el mar de cabezas que poblaba ya el lugar para localizar a su grupo y, hecho esto, bajó la escalera con un suave contoneo de cadera que no pasó desapercibido.

Él la observaba sorprendido… y mortalmente seducido; la esperaba, pero no así. Acostumbraba a ser él quien marcaba un ritmo que ella a veces seguía mientras en otras ocasiones se mantenía en una discreta quietud pero aquella noche, en cuanto la vio, supo que no sería su música la que pondría ritmo y ambiente a la noche, era otro son el que se oía ya… y bailar era el único camino posible.

El halo de su aroma hizo presa de cualquier amago de resistencia que pudiera quedar en él, pero ella actuaba como si no se hubiese percatado de ello y recordaba, una vez más, a su musa de aquella noche, una mujer sin perfume es una mujer sin futuro. No hubo palabras, bastó una elegante inclinación de cabeza al estilo de los clásicos caballeros por parte de él y una sutil caída de ojos por la suya, gestos cargados de emoción y tensión, gestos para un juego, una noche o una vida…

Su sonrisa, su mirada juguetona, aquel modo de mirar… el aroma, cada gesto, la simplicidad del blanco y negro de su atuendo, la gracia con la que se retirara el sombrero y acariciara sus pendientes… se sabía a su merced, como si ella hubiese descubierto el modo de rendirlo sin que ni tan siquiera la fuerza de su pasión por la vida pudiera mantenerlo un pasó más allá de ella.

Ella sentía su desconcierto y se sabía trinfadora de aquel juego, la elegancia de su ser y vestir la había llevado a tomar posesión de su futuro… algo que había previsto ya al calor de la sabiduría de su musa. Y quedaba la mano final, la que sería fin y principio de una vida, esa a la que había llegado cuando decidió dejar de enfrentar un muro esperando que se abriese en él una puerta

¿Me acompañas? preguntó él esperando sorprenderla, ella pintó una sonrisa dulce y perfecta en su rostro y aceptó el ofrecimiento; él jugaba su mano sintiéndose increíblemente vencido y buscando el modo de dar la vuelta a la partida, le sugirió entonces que preparase su equipaje de mano antes de acompañarlo a un destino incierto que él no había confesado ni ella interrogado al respecto… entonces ella sacó el as.

No es necesario, dijo, tengo todo lo que necesito para una noche, añadió mostrando con descaro una pequeña esencia que guardó enseguida en su bolso. Él rompió los modos sutiles de la noche y la atrajo hacia sí abrazando su cintura, quiso fundirse en sus ojos, rendirse en sus labios… pero su mirada moría en la base de cuello porque una mujer ha de perfumarse en los lugares que desea ser besada…

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