Domingo.

Érase una vez la historia de un domingo de hacer y pensar lo que se ponga en las ganas...

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Se levantó temprano para ser domingo, claro que la noche antes también se había acostado temprano para ser sábado; no es que estuviera cansada, que también, sino la manía que practicaba cada vez con más empeño y convicción: hacer siempre, en la medida de lo racional y lo posible, lo que se le ponía en las ganas y nunca, siempre que pudiera evitarlo, lo que debía hacer según los tradicionales cánones culturales de su sociedad ni lo que debía hacer según las nuevas tendencias sociales en su mundo, es decir, obviaba las obligaciones con las que debía cumplir según la mentalidad de la generación de sus padres (y lo hacía con actos tan supuestamente revolucionarios como el de viajar sola) y obviaba en la misma medida las obligaciones con las que debía cumplir según la corriente buenista imperante (no creía que todo el mundo era bueno ni se consideraba merecedora de más derechos que los que se ganaba cada día y detestaba todo lo que terminaba con la frase ‘de género’ porque suponía, a su modo de ver y sentir, el fracaso más descarnado del feminismo, la pérdida de la guerra que habían librado miles de mujeres durante siglos, la igualdad se veía puesta en entredicho cada vez que alguien decía ‘ministros y ministras’ y moría un gatito cada vez que alguien se sacaba de la chistera ‘palabros’ como ‘portavoza’ o ‘miembra’ porque la igualdad pasaba irremediablemente por una sociedad de personas libres e iguales en derechos y obligaciones, no pasaba en modo alguno por una división que duraba ya siglos, la de hombres y mujeres, cada colectivo con derechos y obligaciones diferentes).

Cada vez lo tenía más claro, hacer y decir lo que pensaba y sentía, teniendo en cuenta que su única religión era su libertad individual y el respeto hacia la de los demás, era un acto revolucionario.

Madrugó en domingo, se plantó sus jeans y sus zapatillas y salió a pasear un día de otoño que parecía más bien de agosto; vio a su vecino, el dueño de uno de los pocos kioskos que todavía sobrevivían, colocando los periódicos y se acercó a comprar el suyo; siguió caminando y, casi si darse cuenta, llegó a la puerta del horno de pan que acababa de abrir sus puertas aunque el matrimonio que lo regentaba llevaba trabajando en él desde la madrugada; compró una bolsa de croissants pequeños recién horneados y decidió pasar por el café que había calle abajo para hacerse precisamente con eso, un café para llevar; el camarero la vio pasar a través de la cristalera de la calle y la saludó con la mano, para cuando entró y se acercó a la barra su café largo con leche de soja y estevia estaba casi listo.

Llegó a casa con todas sus compras y pensando en el kioskero, el matrimonio panadero y el camarero del café, esos pequeños profesionales que se ganaban el sueldo y la vida cada día, trabajando con el descanso justo y la sonrisa puesta aunque a veces la sonrisa fuera de mentira… pero ellos no podían sindicarse contra sí mismos ni contra sus clientes ni le importaban demasiado a nadie, eran autónomos o empresarios, pequeños e insignificantes para el mundo de la economía e inconscientes de cómo eran de importantes no ellos individualmente, que también, sino el grueso del negocio que representaban tantos y tantos pequeños empresarios como ellos. Con ellos, menos que con nadie, funcionaba aquella máxima simplista de que los empresarios son ‘los malos’ y los trabajadores ‘los buenos’ ¿o eran acaso ellos malos y buenos en sí mismos?.

Lo terribles que eran las generalizaciones, pensó… lo terrible que era simplificar las cosas más allá de lo necesario para facilitar su comprensión y cómo era (de terrible) cuando eso se hacía con una sociedad entera, cuando se aplicaba aquella máxima de guerra que decía ‘divide y vencerás’… los amantes de la bicicleta frente los coches y los peatones, los amantes de los animales frente a los que no quieren convivir con perros, los runners que corren por la causa que se les antoje frente a quienes detestan que les corten las calles cualquier domingo para cualquier carrera, los taxistas frente los uber y cabify, las familias con niños frente los que tienen el ‘adults only‘ por religión, los hooligans del fútbol y los que no ven en ese deporte más que la re-edición del famoso ‘pan y circo‘… y así podría seguir haciendo una lista infinita de colectivos que representaban la partición de la sociedad.

¿Había algo malo en en los ciclistas o en los que preferían el coche? ¿y en los que adoraban vivir con su perro y los que no querían mascotas en casa? ¿había algo que objetar a las familias numerosas o los que no querían tener hijos? ¿ya los runners? ¿y a los que amaban los paseos matutinos del domingo? ¿a los futboleros? ¿a los que no lo son? Ella lo tenía claro, no, no había nada que objetar a ninguno de aquellos colectivos ¡allá cada cual con sus hobbies, intereses y pasiones!

La bolsa de pequeños croissants estaba ya vacía y también había desaparecido la mitad del café, cogió la taza, ya fría, entre sus manos y vio una vez más con absoluta claridad que el problema no eran las ideas y creencias de los unos y los otros, el problema era el que había sido siempre, la idea que subyacía a todo eso arraigada en el fondo de nuestro corazón y debidamente regada y alimentada por quienes saben que en la división está su victoria: a poco que se rasque en los colectivos reunidos alrededor de una pasión y un interés, se descubre que para ellos quienes no comulgan con sus ideas ni los admiran por ellas son los malos…

Repasó el periódico y allí estaban… los nacionalistas frente a los que no lo son, los de izquierdas frente a los de derechas, los moderados frente los extremistas, los ateos y agnósticos frente a los católicos… todos luchando porque sus ideas prevalezcan sobre las de los demás, defendiendo la libertad propia mientras veían el modo de arrasar la ajena, haciendo del respeto a los demás una debilidad y tirando por tierra sus propias ideas cuando, para defenderlas, se otorgaban el derecho a callar al otro porque antes alguien los había callado a ellos, como si ponerse a la altura de los malos resolviera algo en lugar de destruirlo todo.

¿Sería verdad que todos llevamos un dictador dentro? se acercó a la ventana y miró al cielo, si era así, si siempre iba a ser así, no le importaría irse a vivir sobre la pequeña nube blanca que se movía suavemente acariciada por el viento.

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