Cuerpo.

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Se concedió un capricho lencero porque sí y para sí. Se lo puso y se plantó frente al espejo de cuerpo entero de su habitación. Allí estaba, su cuerpo tal cual. ¿Y ahora?. Su relación con su cuerpo había sido siempre un amor/odio difícil de explicar, incluso difícil de entender, eran dos cuestiones, su cuerpo y su cabeza, condenados a entenderse y en constante desencuentro ¿por qué? siempre había pensado que la razón estaba en su cuerpo, en las imperfecciones que había traído de serie y en alguna adicional que le había infligido ella misma consciente e incluso inconscientemente. Pero había aprendido algo con el paso de las experiencias de los años. No era su cuerpo. Era su cabeza.

Y, una vez que se dispuso a poner en orden su complicada cabeza, su cuerpo se presentó como una prioridad en su vida porque tuvo la certeza de que, si lograba conciliar cabeza y cuerpo, la vida comenzaría a vestirse en nuevos colores. Nada hay tan tuyo como tú mismo. Como tu propio cuerpo. Escribió esta reflexión en su libreta de frases propias y ajenas justo antes de guardar su capricho lencero en el armanio y ponerse el bañador de cruzar la piscina de lado a lado una y otra vez, tantas como sus brazos y sus piernas estaban dispuestos a soportar.

Nadar era un ejercicio duro y placentero, le enseñaba a medir sus fuerzas, a dosificarlas, a elegir sus ritmos y a perseverar en los metros más difíciles, cuando el final de la piscina comienza a parecer alejarse. Comenzaba entonces a ver su vida a ese ritmo lento, que era el único que soportaba en sus últimos largos del día, y comenzaba a entender el profundo error que suponía el modo en que vivía…

Claro que no importaba, ya no. Ahora sabía que no se trataba de sacar a cada día sus esfuerzos para llegar al objetivo soñado. No. Se trataba de estar bien, sentirse bien, verse bien, se trataba de sonreír y después, sólo después, sacar a cada día sus esfuerzos. Porque desde el bienestar todo es posible si se quiere de veras…

Ahora medía cada ‘sí’ que regalaba a unos y a otros, se aseguraba de que no llevase adjunto un ‘no’ para sí misma, no admitía ya jugadas sucias del destino, nunca se había dejado tentar por caminos fáciles pero había elegido a veces los más escarpados y el castigo para sí misma había sido, en ocasiones, serio. Pero ya no.

Le había llevado un tiempo (tan largo que se negaba incluso a confesárselo a sí misma) entender que no había que llegar a todo para llegar, finalmente, a sí misma porque, haciéndolo así, ese ‘sí misma’ no sería más que una mujer cansada llena de sueños rotos; la ecuación era la contraria, era en ella donde empezaba su vida, en su cabeza y en su cuerpo, dos entes condenados, ahora sí y para siempre, a cuidarase para entenderse.

Salió de la piscina tirando de sus brazos y sus piernas, que pesaban como si fuesen de hierro, pero no importaba, era un cansancio bueno y necesario que, bajo los rayos del sol de agosto, se sentía como un gran placer, ese que sólo se siente cuando se toman las riendas de una vida. De la vida que nos es propia.

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