Cuéntame un cuento (o un millón).

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Cuéntame un cuento y verás que contento me voy a la cama y tengo lindos sueños Mucho antes que se lo cantaran los Celtas Cortos ella ya sabía que los cuentos eran imprescindibles para vivir e incluso para sobrevivir porque eran el modo más sencillo y sano de oxigenar las ideas y el pensamiento cuando la realidad se volvía irrespirable. Por eso en Navidad siempre regalaba cuentos y libros, lo hacía con las esperanza de estar regalando un soplo de aire fresco y, con él, un modo diferente de ver y sufrir la vida (además de vivirla, claro está).

Aquel año era especial, era especialmente agridulce; no sabía desde cuando sucedía ni mucho menos las consecuencias que tendría pero había descubierto un río turbio en su librería favorita; normalmente las librerías y las bibliotecas tenían para ella algo de refugio, allí se conservaban escritas miles y miles de historias en las que perderse con solo abrir un libro y comenzar a leerlo pero aquel año había descubierto historias que la perturbaban sobremanera.

Siempre había habido libros que la atraían más que otros y siempre los había habido también que habían generado en ella un rechazo visceral; cuestión de gustos y estilos y, por supuesto, de apetito literario, por muy foodie de los libros que uno sea, no necesariamente todas sus notas sápidas tienen que saberte a gloria. Pero aquel año algo era diferente…

Aquel año, revolviendo libros y más libros en las estanterías reservadas a lecturas para niños de entre 9 y 12 años había descubierto historias nuevas que parecían escritas al dictado de movimientos sociales muy concretos, historias que no parecían escritas para alimentar la mente y el espíritu de los niños, tampoco para cultivarlo sino para dominarlo.

Aquel año sintió unas intensas ganas de llorar al darse cuenta de que ‘los malos’ no sólo habían descubierto el poder de los cuentos sino que los habían deconstruido y reconstruido para que sirvieran a sus propósitos ¿y quiénes son los malos? se preguntó… la respuesta era sencilla.

Los malos son los que atentan contra la libertad individual, tanto si lo hacen como mandones dictadores de pies a cabeza como si se optan por envolverse en banderas que se resumen en un cutre y falso ‘es por el bien común’, por no hablar de los que lo hacen alardeando de defender su libertad cuando lo que en realidad hacen es oprimir a quienes los rodean y no comulgan con sus dictados.

¿Y qué hay de los buenos? se preguntó ¿los buenos no se defienden? suponía que algunos sí, algunos se defienden, otros se rinden, otros simplemente callan y por tanto (quieran o no) otorgan… Como sucedía siempre, lo peor en la vida no eran nunca los malos sino los indiferentes.

Decidió aferrarse a una frase del magnífico escritor Albert Camus que utilizaba casi como un mantrala única manera de lidiar con este mundo sin libertad es volverte tan absolutamente libre que tu mera existencia sea un acto de rebelión y comenzó su propia, pequeña e insignificante rebelión al comprar sus libros para regalar: para la más pequeña, cuentos clásicos bellamente ilustrados en una de las ediciones mása bellas que había visto nunca; para la mediana un toque de modernidad, cuentos escritos por JK Rowling y para la mayor (que tampoco era tan mayor), una versión de Mujercitas, una tal y como la escribió Louis May Alcott, una de las grandes de la literatura en inglés, ilustrada, eso sí, para amenizar la lectura pero sin cambiar un ápice la historia de la familia March ni la del mundo en el que vivieron y al que sólo algunos miembros de la familia sobrevivieron.

Tal vez las guerras no se libraran con libros… pero estaba segura que sí tenían lugar en el sustrato cultural de las sociedades así que leer y leer bien era a la postre importante, era el modo de prepararse para la batalla y cabe que incluso el único modo de ganarla.

Lean y dejen leer. Y sean felices.

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