Construir.

A veces, más de las que le gustaba reconocerse a sí misma, no entendía a las personas, no entendía lo que hacían ni lo que deshacían, tampoco lo que dejaban de hacer ni sus por qués.

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A vueltas estaba con aquella incomprensión en su cabeza cuando decidió pasearse y dejar que fuera el aire de aquella fresca mañana de domingo el que despejara sus ideas; le incomodaba sobremanera no entender al otro porque le hacía dudar de su propia empatía, claro que aquella duda le servía de acicate, al demostrarle que no había olvidado la importancia de calzar los zapatos del otro antes de valorar si quiera sus acciones; se calzó los suyos aquella mañana y salió a las calles.

Como solía ocurrir siempre que su mente divagaba, sus pies tomaban el camino del parque, un lugar ajeno a los semáforos y las normas de tráfico, un espacio en el que perderse sin miedo a transitar en dirección contraria; era el sitio perfecto para deambular a un tiempo con sus pies y sus ideas. Y en ello estaba cuando observó a una mujer de mediana edad enseñando a un pequeño, que no levantaba más que unos palmos del suelo, a rodar su bicicleta, algo en el tono de voz de aquella mujer, que imaginaba sería la madre del pequeño, la hizo parar y quedarse observando por un momento… ‘¡no! ¡pero ¿qué te he dicho?! ¡así no! ¡mal! ¡muy mal! ¡presta atención! ¡¿me estás oyendo?! ¡mal! ¡nooo!

Pensó que el miedo a una mala caída hacía más mella en la mujer que en el niño, quien intentaba estoicamente, como si los gritos no fuesen con él, seguir las indicaciones que recibía; un rato más tarde, se cruzó de nuevo con ellos y vio más de cerca la expresión agria y amarga de aquel rostro adulto que se había traducido en una mueca de tristeza en la cara del niño. Sintió lástima. Por ambos.

Y entendió entonces alguna de las incomprensiones con las que había llegado al parque, quizá la más terrible de todas, ¿por qué hay tantas personas que destruyen más de lo que nunca podrán construir? ¿por qué hay tanta gente que actúa de forma destructiva? tiene que haberla, pensó, si lo que recibes son palos en forma de males y noes, si no te llegan las manos tendidas y confiadas, si no te colman de puedes y risas… no es que no quieras después tú tender la mano ni confiar, no es que no quieras o que no tengas risas es que no sabes y, si no sabes, jamás podrás…

Claro que también sabía que no todo era tan sencillo, había visto a gente amiga, de las que viven con una sonrisa pintada en la cara, amargarse hasta el punto de convertir su expresión en una mueca extraña, a veces era la vida, su causalidad y su casualidad, sus malas manos y sus peores intenciones las que arrastraban a las personas al lodo del lado oscuro

No, se dijo entonces a si misma con voz tan clara que casi pudo oirse a pesar de no haber despegado sus labios, eso no puede servir de excusa… la vida no puede ser la excusa, los malos no pueden ser el motivo ni la explicación… ni lo otro ni los otros pueden ser justificación de uno mismo.

Porque uno no siempre es dueño de lo que le ocurre pero sí, siempre, es dueño de lo que hace… y de lo que deja de hacer, de lo que construye y de lo que destruye…

Y responsable, además, de ello.

Lo primero que hizo al llegar a casa fue acercarse a su libreta de notas y frases para sumar una más: tú, alma oscura, devastadora y devastada, no sabes qué universo tan bello podrías construir si dedicaras a crearlo la mitad del tiempo y los esfuerzos que dedicas a la destrucción.

 

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