Circo.

Érase una vez la historia de una niña eterna que, llegado el mes de diciembre, jamás perdonaba una función de circo.

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Circo clásico o sobre hielo, el del Sol o el de la Luna, con o sin animales vivos, con magos, trapecistas, funambulistas y payasos, con hombre bala, mujer barbuda y domadores de leones y elefantes… no importaba cómo y poco importaba cuándo, lo que no podía dejar de ocurrir es que pasara un invierno sin que ella se deleitara con una función de circo; su hermana la miraba raro cuando llegaba el momento del circo anual porque, antes de comprar las entradas, hacía una pequeña encuesta por si alguien se apuntaba; tiempo atrás su madre se sumaba a la fiesta, ya no, y ahora incluso sus sobrinos torcían el gesto ¡eran demasiado mayores para funciones de circo! más mayor era ella ¡mucho más! y no pensaba perdérsela.

¿A santo de qué esa manía de un circo al año? ante esa pregunta siempre sonreía y se encogía de hombros como si no hubiese una respuesta o como si no la conociera pero lo cierto es que sí había respuesta y era una respuesta íntima y personal, no quería compartirla y no porque fuese un gran secreto sino por incordiar un poco más de lo que ya lo hacía conservando, aunque tuviese que ir sola, la sana costumbre de disfrutar de una función de circo al año.

El circo era para ella como había sido la Navidad en su día, un momento de magia, ilusión, diversión… pero la Navidad, con el paso de los años, las gentes y las malas noticias, se había ido convirtiendo en un tiempo de trámite, de risas enlatadas y brindis obligados, eran días fríos en los que uno se guardaba para sí el recuerdo de las ausencias y trataba de hacer fiesta con los que todavía estaban pero, de algún modo, la fiesta era algo vacío, más de luces LED, que iluminan mucho gastando poco, que velas clásicas, que iluminan mucho menos pero con mucha más calidez.

Ese año de nuevo iría sola al circo, y no era la primera vez, tampoco es que le importara mucho, a lo que no estaba dispuesta era a renunciar a ese momento de silla incómoda, ruido de risas, aplausos eurfóricos, palomitas frías y payasos que anunciaban el comienzo de la función; el circo era como la magia o como la navidad, mentira, pero una mentira piadosa y cálida, una de las que se pueden y se deben contar porque, aunque nadie se las crea, de algún modo el corazón las agradece. Y por eso, porque su corazón agradecía esa mentira, cuando su hermana le recriminó una vez la absurda idea de irse sola al circo, le respondió con una pedorreta y recordándole que, como bien le decía unas mil veces a lo largo y ancho de un año, la niña que un día fuera seguía dentro de su cabeza, negándose a asumir que su acta de defunción había sido dictada en el 18 cumpleaños de su huésped.

Y al fin y al cabo, pensó escondida tras gorro, bufanda y guantes camino del circo, ¿qué carajo era la vida más que una gran función de circo? la única diferencia con el circo de pega que vería ella aquella tarde es que allí los payasos al menos sabían que lo eran…

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