Caperucita.

Estaba ya aburrida hasta la tristeza de vivir siempre el mismo cuento, de afrontar cada día el camino del bosque con su caperucita roja para encontrar siempre al mismo lobo, siempre la misma intención y siempre el mismo final que se convertía en un nuevo principio igual al alterior.

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Sonó despertador pasadas las 7 y comenzó con desganas sus rutinas de cada mañana; preparó café y tostadas después de llenar generosamente un vaso de zumo de naranja; desayunó de pie, con tantas prisas como pocas ganas y se dispuso a ducharse, vestirse, arreglarse el pelo, pintarse los ojos, sólo un poco los labios… y ponerse su caperucita roja para salir a la calle, con el bolso en una mano y en la otra sus sueños rotos.

Al echarse la caperucita sobre los hombros sintió un peso inmenso sobre su espalda, impropio del tejido rojo de su chaqueta, pesaba más que antes, más que nunca… Recordó entonces el tiempo en el que salía de casa con el alma en pie y los sueños por cumplir, acompañada solo por la certeza de que encontraría el modo de comerse el mundo; pero habían pasado algunos años desde entonces y parecía que era el mundo quien iba a comérsela a ella.  Miró su rostro en el espejo mientras colocaba la caperucita sobre su cabeza y sintió la certeza de lo impropio de su tristeza en un rostro de apenas 20 años.

Se sentó un momento en el salón, respirando profundo, tratando de acostumbrase al peso que sentía sobre sí misma y evitando pensar en lo que sabía encontraría tras la puerta.

Allí la esperaría el lobo, como cada mañana, a veces con piel de cordero, otras aullando al amanecer y a veces incluso arropado en la cama, como en el cuento, haciéndose pasar por alguien que ama, por alguien amado. Y si no había podido enfrentarlo cuando la sonrisa mandaba en su rostro y la fuerza recorría cada uno de los músculos de su cuerpo ¿cómo hacerlo ahora con el alma rota y carente de fuerza? ¿cómo mirarlo a los ojos, gritarle y echarlo de su camino? ¿cómo morder más de lo que mordía él? ¿cómo cambiar tantas tormentas, tantos lobos, que acechaban su vida desde tantos frentes? ¿cómo hacerlo con aquella tristeza abatiendo su ánimo?

Caminó hacia la puerta arrastrando los pies y se miró de nuevo en el espejo; apenas se reconoció en la imagen que éste le devolvía, no era la más bella del lugar, era la más triste, la vencida, la que no había logrado cambiar el mundo, ni tan siquiera el suyo, cuando salía a la calle dispuesta a morder y a guerrear… Y entonces, como si pudiese hablarle desde lo más alto y bello del cielo, oyó una voz amada que le decía ‘pero tú que puedes hacer, empieza por ti‘. Y lo supo. Supo que no era el mundo ni era el lobo, no eran las tormentas ni los fríos, ni los vientos, ni los males de ojo de las brujas malas, ni la magia de las hadas madrinas… era ella, sólo ella.

¿Y si cambio yo? pensó mirando directamente a los ojos tristes que le devolvían la mirada desde el espejo ¿cambiará entonces el mundo conmigo? no estaba segura, tal vez no o quizá…

Se quitó la caperucita roja como si arrastrara con ella toda su tristeza. Llovía. Buscó una gabardina en su armario y se armó con un gran paraguas antes de salir a la calle cerrando la puerta tras de sí.

El día era tan oscuro y tan gris, tan húmedo, como un día de otoño cualquiera pero ella caminaba con paso más firme y, al ver como el lobo pasaba a su lado sin apenas verla, buscando, probablemente, a la caperucita roja de siempre, una sonrisa comenzó a dibujarse en su rostro… No se engañaba, hacía mucho tiempo que había dejado de creer en los cuentos de hadas, sabía que el lobo volvería, tal vez con otra piel o en otros caminos pero siempre con la misma intención… Claro que para entonces ella sentiría de nuevo su alma en pie y sus sueños vivos, tendría fuerza y sentiría valor.

Mientras seguía su camino pensó que tal vez fuese cierto, quizá el cambio empezase por uno mismo. Quizá no fuese necesario salir cada mañana a librar una batalla contra el mundo sino sacar lo mejor de uno mismo, ponerlo frente al mundo, mirando a la gente a los ojos, tendiendo la mano a quienes hacen ese mismo esfuerzo cada día en lugar de morder o gritar… y ver qué pasa.

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