The Sunday Tale+por Berta Rivera

Cambio.

Érase una vez la historia de un cambio de tercio.

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Se puso las gafas de ver el mundo del color que se le pusiera en las ganas y salió a pasear al sol de marzo; disfrutó de su calidez y de las calles todavía vacías por lo temprano de la hora, siendo como era domingo de fiesta y padre; antes de que se diera cuenta, sus zapatos la habían encaminado al parque y el murmullo de los árboles junto al trino de los pájaros la animó a cruzar las enormes puertas y entrar en el pulmón natural de su ciudad.

Sintió en la piel la humedad que el lago regalaba al parque, vio volar a un par de pajarillos y descubrió como los jardines, que semanas atrás se mostraban yermos, estaban iluminados por el colorido universo de las primeras flores de la temporada; y es que la naturaleza no entiende de la exactitud del día y la hora, los primeros atisbos de la primavera ya había llegado al parque.

Era un cambio de estación que venía inevitablemente acompañado de un cambio de ambiente y escenario, cambios que eran semilla y germen de otros cambios tan inevitables como la madre de todos los cambios, el cambio de estación; cambios de fondo de armario y también de nevera, de tono de piel y hasta de cara, cambios de corte de pelo, de cortinas y también de dieta, cambio de ganas y de tareas, cambio de puedos e incluso de quieros, cambios de paleta de color y hasta de chaqueta pero nunca de lealtades… Y es que la fidelidad a uno mismo y el sostén propio sobre los pilares de una vida no podían estar nunca sujetos a cambios más allá del fin de los tiempos.

Vio plantas conteniendo sus flores, otras regalando ya sus colores y sus aromas, sintió el parque vibrar y cambiar, vio a niños correr y a abuelos dar pasos titubeantes apoyados en una garrota o en un brazo amigo, a padres en bicicleta seguidos que una fila de niños como los polluelos tras la pata madre, sintió vida, cambios, crecimiento, evolución, futuro… sintió el tiempo pasar en sus momentos y la certeza que no estaban hechos los minutos para perderlos ni las lealtades para traicionarlas. Y es que vio el modo en que el abuelo observaba al niño reir en el columpio, vio a la madre abrazar el llanto de la niña que se había caído de la bicicleta, vio al padre sonreír a los ojos de la abuela a la que entregaba un gran helado de chocolate, vio a los adolescentes confesar secretos y a las palomas volarvio la vida buena, la que late tras la lealtad propia de los corazones buenos, florecer… cambiar.

La vida es un cambio constante y continuo, pensó, a veces apenas perceptible, otras de notable presencia pero había inmutables porque, en realidad, la vida, no era el cambio, no es el cambio… es lo que tú haces con el cambio, en el cambio, por el cambio, para el cambio… la vida eres tú en tanto que tú eres lo vivido.

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