Astenia.

Érase una vez la historia de un malestar íntimamente unido a una estación que se vestía de flores y colores pero resultaba ser siempre la más traicionera de todas. Diagnóstico: astenia primaveral.

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El mundo al revés. Todo el invierno mirando al cielo y a las copas de los árboles, llorando por el manto blanco, cuando no gris, que echaba la estación fría sobre la tierra, mendigando un rayo de sol y un grado de calidez en el viento y ahora que la primavera hacía lo suyo con su tiempo pintando el cielo de azul, regalando rayos de sol y haciendo florecer los jardines, se sentía más cansada y más mustia que nunca. Astenia, lo llamaban algunos. Sería eso. O no. Pero lo que era, sin duda, era la misma desgana de todos los mayos y mayor que nunca su enfado consigo misma ¡por qué tanto llorar por la primavera si sabes que es la más traicionera de las estaciones y hasta que el verano acaba con ella no empieza nunca la alegría a hacerse un hueco en el mundo!.

Se plantó frente a la ventana de su apartamento tratando de hilar un razonamiento lógico que ejerciera de patada en culo a eso que llamaban astenia primaveral: ¿querías un cielo azul? aquí lo tienes, con alguna nube pequeña y blanca como toque decorativo y bello, ¿querías sol? ahí está, brillando en lo alto del cielo, ¿querías la calidez justa y necesaria para pasear sin gabardinas, bufandas, mantas zamoranas y otras prendas de abrigo? ahí estaba el termómetro marcando 23 deliciosos grados, ¿querías color en los parques y no hojas de otoño e invierno bajo tus pies? ahí estaban floreciendo los jardines, ¿querías dejar los cafés humeantes para tomarlos largos y fríos cuando no con hielo? sostienes uno entre tus manos… ¿y a pesar de todo no sonríes? ¡maldita primavera! pensó… y maldita yo, añadió tratando de hacer de la autocrítica una suerte de revulsivo emocional.

Le dolía todo su cuerpo, no mucho, pero lo justo para que cada uno de sus músculos pareciera un incordio, tenía un sueño absurdo de ese que no se quita con dormir un rato ni una noche entera y, aunque el sofá resultaba tentador, tomó la decisión de hacer aquel domingo no lo que se le ponía en las ganas sino lo que había soñado hacer durante meses, pasear el buen tiempo, ese que no nos aturde ni por frío ni por calor y que sólo la astenia puede robarnos…

A punto estuvo de echar mano del e-book pero decidió hacer de su soñado paseo primaveral algo más vintage, algo que era para ella un clásico que hacía mucho tiempo que no acometía, leer en papel en los mantos de césped que lugares como el Retiro disponían para quien se animara a disfrutarlos… ¿pero qué leer? no se le ocurría mejor lectura, dado el estado de cosas del mundo, que la Historia de dos Ciudades de Charles Dickens

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