Al calor del hogar.

El hogar es una mano tendida, un hombro que se arrima y un abrazo arropado, es un te quiero, una sonrisa… y un ¡podemos!

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Una invitación a cenar se convertía irremediablemente en un momento de juego y de conquista, más ahora, sabiéndose protagonista de unas historia de ida y vuelta, de caminos encontrados y viajes imprevistos; era una invitación a disfrutar cada minuto desde el primero, el de sentirse guapa y presumirse.

Revolvió el pelo hacia sus ojos, fingiendo tras él un escondite en el que ocultar tanto como guardaba en su mirada; una mirada que, ahumada en dramático misterio, mostraba el camino hacia unos labios, suaves, voluptuosos, tenues, acogedores, incitantes…

Compuesto su rostro y su cabeza eligió a Roger para sus pies y sus secretos, a Coco para cubrirse y a Pomellato para lucirlo.

Bajó las escaleras y, entretenida como estaba desentrañando la reacción a su atuendo y decorado, no se percató de que la puerta del salón quedaba a su espalda cerrada a cal y canto, y sí de la intención que él mostraba ya de inmortalizar aquella velada fotograma a fotograma.

Camino del coche se sintió embriagada por el aroma que él desprendía y sonrió pensado que, al fin y al cabo, aun en su habitual y fingido descuido, él era también un ser coqueto; coquetería que volvió deslumbrante en una sonrisa traicionera… la que le dedicó cuando, tras dar la vuelta a la manzana, aparcó de nuevo el Aston frente a la casa lanzando otro click de lomo hacia su rostro.

De vuelta a casa tras su breve visita al Sr Martin, él se adelantó un paso para abrir la puerta del salón y allí aguardaba su íntima mesa para dos y junto a ella, el pequeño mueble auxiliar en el que enfriaba ya el champagne.

Compartieron viandas y risas con suave música de fondo, hasta que la sensual voz de Barbara inundó el salón en un efecto más embriagador si cabe que el propio champagne.

A él se le fueron los pies al baile y al abrazo… – siempre me encuentro tras tus ojos – confesó cambiando el tono, guardando el deje de risa y broma y dejando, en sus palabras, su amor al desnudo – por más vueltas que dé al mundo tú  eres mi único hogar…

Y ella, al rendirse al beso, rindió también su corazón a otra certeza, el hogar no es el techo, el salón, la cocina o sus paredes, no es un vestidor sobreocupado ni un trastero desbordado, no se pinta ni decora, ni tiene ventanas ni continajes… el hogar es una mano tendida, un hombro que se arrima y un abrazo arropado, es un te quiero, una sonrisa… y un ¡podemos! porque el calor del hogar… es el calor del querer.

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