45.

Érase una vez la historia de un número redondo e intenso con muy mala rima, el 45... ¡bingo!.

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Se sentó sobre la cama sólo medio despierta y todavía medio dormida ¿qué la había despertado? se sentía como si hubiera tenido 45 malos sueños; miró la hora en su reloj de mesilla, eran las 00:45 ¿era posible que a una lechuza como ella le hubiera dado tiempo ya a dormirse y despertarse? sería la edad… se estaba haciendo vieja, pensó.

Saltó perezosa de la cama y fue al baño a lavarse la cara, lo hizo sonriendo porque, al fin y al cabo, ¿cuál era la alternativa a hacerse vieja? bienvenidas las cuarenta y cinco arrugas nuevas, se dijo mirando su rostro desvelado en un espejo salpicado por 45 gotas de agua.

Antes de volver a la cama eligió uno de los cuarenta y cinco libros que descansaban sobre su cómoda a ver si en él encontraba un cómplice para dormir la noche aunque cuando se acomodó sobre la almohada y vio el libro elegido supo que había elegido un cómplice para su desvelo, Fahrenheit 451.

Miró su Tag Heuer Connected Modular 45 y al ver que seguía marcando las 00:45 su incomodidad comenzó a hacerse más notable ¿se estaría obsesionando? tal vez, claro que si 20 años no era nada pues 40 era poco más que nada por dos ¿cuál era el problema? al fin y al cabo tenía muchas notas pendientes en su libreta: no se había comprado un yate de 45 metros (ni tan siquiera pies) de eslora ni una casa por cuarenta y cinco millones de dólares, tampoco había vuelto a la luna como Omega 45 años después y no, no contaba los cuarenta y cinco años casada que contó Charlotte Rampling en aquella película… Lo que sí tenía eran 45 preocupaciones (o cuarenta y cinco millones…) y otras tantas cosas por hacer y sentir.

Abrió el libro para vivir las aventuras del bombero que quiso salvar a los libros de la quema, el que quiso salvar la literatura, la lectura, la sabiduría y la magia que su práctica encierra… sabía que podría pasarse cuarenta y cinco noches con Bradbury por marcianas que resultaran sus crónicas.

45 mensajes en su teléfono, cuarenta y cinco llamadas perdidas… ¿se estaría volviendo loca? cuarenta y cinco veces loca, pensó, sobre todo cuando se sentó frente al espejo del tocador para descubrirse cuarenta y cinco complejos nuevos que se removieron en su cabeza cuando leyó la frase ‘acceso para mayores de 45 años’ porque si ya podía ir a la universidad de mayores era porque ya era mayor…

Se despertó despacio, incómoda, revuelta… se sentó en la cama y se preguntó qué hacia Bradbury sobre la alfombra, su reloj de mesilla parado en las 00:45 y ella soñando con la universidad de mayores… ¡santo Dios! pensó ¡cuarenta y cinco! qué número tan intenso y tan redondo pero qué mala rima… aunque siempre que no fuera esa la cifra de glucemia del pequeño todo iría bien, se llevaría bien con sus años, 45 mal avenidos era mal plan y necesitaba lo aprendido en cada uno de ellos para hacer algo decente con los nuevos cuarenta y cinco que se había propuesto disfrutar.

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