Fundación Mapfre Madrid Giovanni Boldini y el tiempo que ya fue.

Giovanni Boldini se convierte, a finales de los años 1870, en una de las figuras más importantes de entre los denominados "retratistas mundanos".

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En El tiempo recobrado, señalaba Marcel Proust: “El pasado no es un tiempo perdido, es un tiempo que puede ser recobrado a través de la literatura y el arte”. Así presenta la Fundación Mapfre el catálogo de la exposición Giovanni Boldini y la pintura española a finales del siglo XIX. El espíritu de una época. Una muestra que acoge la sala Recoletos (Madrid), evocando aquel tiempo que ya fue pero nos resulta tremendamente familiar porque abarca el alma de un ciclo concreto, el tiempo de la Belle Époque.

Aquel momento bohemio, disipado y transgresor supuso el principio del fin de un período que ya casi había sido y la consolidación de París como la ciudad de los tiempos modernos, del arte renacido y la renovaciones sociales del cambio de siglo. Allí, en esa villa cosmopolita y despreocupada, recaló Giovanni Boldini (Ferrara 1842 – París 1931) en 1871. Pronto el ferrarés destaca entre los primeros pintores de Montmartre, futuro barrio de la bohemia artística que se iba instalando en la capital.

Pero no fue el único extranjero que cayó en el hechizo parisino. Otros artistas como Mariano Fortuny, Eduardo Zamacois, Zuloaga, Sorolla, Ramón Casas o Raimundo de Madrazo se encontraban en la capital francesa durante el mismo período, compartiendo conexiones pictóricas, el gusto por la pintura de género y el retrato, el interés por el discurrir de la ciudad moderna y el disfrute del paisaje.

A pesar de coincidir en fechas con el nacimiento del impresionismo, el italiano no modifica su estética pictórica. Mantiene su propio estilo basado en la intuición del momento, la pincelada rápida y la expresión del retratado. Boldini dedicó su vida a construir una imagen profesional que le permitiera vivir dignamente de su trabajo y no ser “ni siervo, ni cortesano, ni bufón, ni artista loco”.

Este planteamiento también fue compartido por los pintores españoles que entonces trabajaban en París. Todos ellos reflejaron en su obra y su modo de vida, una imagen alejada de la del pintor bohemio por antonomasia. Integrados en la sociedad parisina cosmopolita de su tiempo, trabajaron para los grandes marchantes de arte de la época como Adolphe Goupil.

Escenas amables, retratos delicados y atmósferas pintorescas o exóticas hacían las delicias de una burguesía en alza dispuesta a invertir en caprichos otrora reservados a la aristocracia, en ellos, el arte. Junto con John Singer Sargent y James Abbott McNeill Whistler, Giovanni Boldini, Joaquín Sorolla e Ignacio Zuloaga se convierten en los retratistas más importantes de la Belle Époque. Creadores de una extensa galería de retratos que permiten comprender la esencia de un período que llegará a su fin con la Primera Guerra Mundial.

La muestra que exhibe la Fundación Mapfre presenta la obra de Giovanni Boldini de manera monográfica por primera vez en España, al tiempo que establece un diálogo con la obra de distintos artistas españoles de su época. Compuesta por más de un centenar obras, se articula en seis secciones que repasan la carrea de Boldini, desde sus primeros retratos florentinos, los ambientes urbanos del París del fin de siglo, los paisajes y las escenas al aire libre. Recuperado el gusto por el “retrato mundano”, Boldini comienza una nueva etapa. Retrata París en todo su esplendor, expone en la galería Georges Petit y realiza los primeros retratos de la condesa Gabrielle de Rasty.

La quinta sección se embarca de pleno en la relación de Boldini con los pintores españoles y los desnudos femeninos. El retrato elegante se pone de moda entre la burguesía  dominante. Así, no solo cambia la forma de representar el desnudo, también el género del retrato. En un jardín de La Granja de Segovia presentaba Sorolla a su hija María, mientras que Zuloaga pinta caminando a la moderna doña Adela de Quintana Moreno elegantemente vestida. Manuel Benedito pinta a una Cléo de Mérode casi simbolista, muy distinta a la que pintara Giovanni Boldini; y Ramón Casas nos muestra ya a la mujer sin pretextos, sin paisaje que la circunde.

La muestra finaliza con una selección de los retratos que Boldini realiza en Nueva York, cuyo refinamiento europeo se reconoce de manera indiscutible. En este período también realiza algunas naturalezas muertas y estudios de manos femeninas.

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