Esto ha pasado: Ceija Stojka, la artista romaní que sobrevivió al holocausto nazi.

El Reina Sofía dedica a Ceija Stojka la primera monográfica en España. Su obra representa un testimonio único del genocidio de la comunidad romaní en la Alemania nazi.

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Ceija Stojka nació en Kraubath, en el año 1933. Aunque los nazis no habían llegado todavía a esa pequeña localidad del estado de Estiria (Austria), ya hacían de las suyas por toda Alemania. La niña Stojka vivió feliz y libre algo más de ocho años. Su familia, descendiente de una larga estirpe romaní de comerciantes de equinos, disfrutaba del trabajo al aire libre, sin domicilio fijo, en plena armonía con la naturaleza, viajando en una caravana tirada por caballos. Esa existencia idílica terminó cuando los nazis se apoderaron de Austria (Anschluss) y decretaron la prohibición de la vida nómada. Aquello fue el principio del fin del clan y la cultura gitana austriaca. Y el prólogo del horror que le aguardaba a la pequeña.

Auschwitz-Birkenau, Ravensbrück y Bergen-Belsen, por ese orden, fueron los escenarios. Ella, su madre y sus hermanas Kathi y Mitzi, las protagonistas de una historia marcada con la “z”, de zigeuner (gitanos), alambradas de espinos, crueldad, deshumanización y muerte. Stojka tenía diez años cuando fue deportada por la Gestapo. Era 1943. Poco antes, su padre había desaparecido en Dachau. La niña logró sobrevivir al porrajmos (la lucha contra la “plaga de los gitanos”), la persecución y genocidio durmiendo entre cadáveres, comiendo ramas y plantas y aferrándose a la esperanza con forma de árbol. Pero eso lo descubrió después.

Cuando acabó la guerra, se acabó el encierro, pero no la discriminación y los prejuicios contra los gitanos. Así que la futura artista se tiñó el pelo de rubio y se puso a trabajar como vendedora de alfombras. Poco a poco reconstruyó su vida, sus imágenes, sus campos de girasoles… Pero la memoria seguía ahí, silenciosa, con sus heridas, sus cicatrices, sus sombras, pero también los días felices, la vida nómada, la camaradería, la tribu. Es precisamente la memoria de la desgracia la que va a convertirla en artista, cuarenta años después de haberla ¿superado?

En 1988, pinta por encargo un bellísimo campo de girasoles, la flor del pueblo romaní. Esta primera obra va a desencadenar un torrente de actividad artística inusual, un testimonio histórico único que arranca al principio directamente de sus manos. Arena y pigmentos, desgarro y necesidad de gritar, de contarle al mundo la injusticia contra la etnia gitana. Después usó el pincel y materiales acrílicos sobre lienzo, papel o cartón. No tuvo maestros, mecenas ni formación académica. Tampoco tenía un don especial para el dibujo. Sí una potencia abrumadora y una intuición que le guiaba por el tortuoso camino de los recuerdos del exterminio. La ramita de su fe, convertida en el símbolo de su supervivencia, sella la firma de la artista en todas sus obras.

Este corpus gráfico elaborado en apenas 20 años en su apartamento vienés se suma un conjunto poético compuesto por diversos textos perturbadores —cuatro libros traducidos a diversas lenguas—, un legado inconmensurable de lucha permanente contra el olvido. Su trabajo sirvió para desvelar la persecución racial a los gitanos en los años treinta y cuarenta, y está en el origen del reconocimiento oficial por parte del gobierno austríaco de su genocidio.

El Museo Reina Sofía (Madrid) dedica a Ceija Stojka la primera exposición monográfica de su obra en España. La muestra, que reúne 140 obras y material documental (fotos, videos y publicaciones), comienza con los trabajos en los que Stojka retrata su vida de niña antes de la cacería. En las pinturas de este primer espacio se observa parte de la cultura romaní y una vida idílica en armonía con la naturaleza. Pero la amenaza se vislumbra: Viaje en verano por los girasoles (1996) impone una sensación de distancia, de ocultación, de inquietud tenebrosa.

La detención, los campos de exterminio, las chimeneas, la ignominia tatuada en el brazo (Z 6399), las torres de los guardias… Figuras siniestras denotan la fuerza alegórica de la artista. Y las víctimas, casi siempre difuminadas. Sin embargo, la vida no se extingue del todo. Entre las escenas apocalípticas, asoma un arbolito en pleno desarrollo. Tras la liberación (última parte de la exposición), el agotamiento y la lucha  emergen en algunos paisajes de cielos rasgados en violeta, naranjas y rosados como una especie de reencuentro entre pasado, presente y futuro.

Más información Museo Reina Sofía

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