Rodrigo Sánchez.

Las portadas de Metrópoli le hicieron explotar creativamente. Desde entonces acumula todos los reconocimientos posibles.

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Ríe divertido con esa carcajada contagiosa suya cuando le pregunto por su vocación primera y recuerda que fue la de ser veterinario. “Lo era mi padre y a mí me gustan mucho los animales…”. Después vino el deseo de ser pintor pero “para pintor no daba…”. Así que se matriculó en Publicidad en la Universidad Complutense, con el fin de canalizar las inquietudes artísticas que llevaba dentro: “Pero enseguida me di cuenta de que allí formaban comerciales y no creativos, así que me pasé a Periodismo y acerté. Me gusta escribir y lo hago para mis amigos. ¿Qué te parece? Soy de los que escribo cartas, aunque las envío por mail…”. Y vuelve a reír.

Un sabor

La coca-cola, el jamón ibérico, las aceitunas rellenas, el pan tierno y crujiente, las ensaimadas recién hechas, las fresas, el melón, el café con leche, la piel de mi mujer. Los sabores cotidianos, es decir, los extraordinarios.

Una persona

María. Nací cuando ella me conoció, pues hasta que una mujer (esa mujer) no te conoce y te ama no naces. Todo lo anterior es el limbo y los dolores del parto.

Una cita  

«Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida». Confucio, pensador chino, 551-478 AC.

Un olor

Mi olor son tres olores: los sarmientos quemados en el pueblo de mis abuelos las noches de Navidad; la inesperada brisa con el aroma de la flor noctámbula de la Dama de noche y el olor a mar de mi hija recién nacida. Cuando muera ya puedo decir eso de «he olido».

Un viaje

La costa oeste de los Estados Unidos: el sobrecogedor Gran Cañón, las tierras sagradas de los indios de Utah, la niebla de San Francisco, los bosques del Big Sur, el mar de nubes del Pacífico, la asfixia de Nevada, el olor a gasolina de la antigua ruta 66, los restaurantes italianos de San Diego. Horas al volante sin nada alrededor. La familia dormida, la brisa en la cara y el cielo como espectador. Un viaje hacia todo y hacia ti mismo.

Un recuerdo

Mi abuelo Zacarías, el hombre al que más he querido. Los hombres somos desconocidos para los hombres, pues son pocos los que lo dan todo sin esperar nada a cambio. No tuve la oportunidad de aprender de mi padre, se despidió demasiado pronto, pero él llenó ese vacío.

Antes de acabar la carrera empezó a trabajar en ABC . Allí descubrió los entresijos de la profesión y, aunque se reafirmó en que había acertado con el oficio elegido, el de diseñador de prensa, comprendió que el nivel era demasiado plano. Pasó después por Cinco días, Cambio 16 y Mercado pero lo mejor llegó en El Sol. “De la mano de Roger Black y Eduardo Danilo descubrí todo lo que el diseño podía aportar a la prensa y todo lo que podía aportarles a ambos yo. Vi que se me daba bien. Pero lo cerraron…”.

Una llamada de Carmelo Caderot le rescató del paro y le colocó al frente del Magazine de El Mundo y, años después, también de la revista Metrópoli, su gran revelación: “Las portadas de Metrópoli me hicieron, cómo lo diría, explotar creativamente. Hasta entonces mi trabajo había sido el de un artesano”. Desde entonces no ha parado de recibir reconocimientos internacionales a su obra que ahora muestra en una exposición retrospectiva que recoge las portadas de estos últimos 20 años. Y en estos días en los que todo el mundo se queja y nadie parece satisfecho con su suerte, es una gozada oírle decir: “No cambiaría este puesto por ningún otro del mundo. No hay uno mejor. Soy un privilegiado por hacer lo que hago”. Y nosotros por compartir este tiempo contigo…

Puedes seguirle en twitter @rodrigosansan y en Facebook

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