Eduardo Noriega

Los más de 20 años que lleva detrás de las cámaras no le han restado ni una pizca de naturalidad.

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Desde 1994, cuando empezó a rodar Historias del Kronen con Montxo Armendáriz, han pasado ya 20 años, pero su sonrisa sigue intacta. Es espontáneo, derrocha esa clase de elegancia que solo poseen algunos privilegiados y valora pequeños detalles como el hecho de tomarse una caña con alguien a quien admire, una Mahou Sin, por ejemplo, ya que la firma le ha elegido como embajador para su última campaña “Con Mahou Sin, qué bien sabe ser de Mahou”.

Eduardo Noriega todavía recuerda la primera vez que acudió al despacho de un productor para negociar un contrato, “recuerdo que al salir bajé las escaleras de cinco en cinco llamando a mi madre para decirle que me pagaban 40.000 pesetas por una sesión de trabajo, a lo que ella me respondió que me debía estar equivocando”. Tras esta anécdota que cambió su vida, nadie le hubiera dicho que años después rodaría en Latinoamérica, Estados Unidos, Francia y, por supuesto, en España, un total de más de tres decenas de películas. Entre ellas las inolvidables Tesis (1996), Abre los ojos (1997), El espinazo del diablo (2001) o El método (2005) y otros títulos como Blackthorn (2011) o Presentimientos (2013).

Curioso e inquieto, cree en la casualidad y también en la suerte, aunque afirma con convicción que sin trabajo de por medio, ninguna de ellas llega, por mucho que las esperemos. “Para tener suerte primero hay que creer que vas a tenerla y, en segundo lugar, hay que estar preparado para cuando llegue”. Su secreto a la hora de leer por primera vez un guión es hacerlo con ilusión y el mismo entusiasmo que un niño, ingenuidad que procura no perder aun cuando “es verdad que este trabajo tiene un lado de exhibición y exposición al público que te obliga a ponerte capas para endurecerte”.

Con su voz pausada cuenta que cuando afronta un nuevo guión, este no son más que palabras, un negro sobre blanco donde el personaje no existe. “Pero uno tiene que mirarse a un espejo de forma sincera para buscar en su interior”, y esto le resulta una buena forma de madurar e ir sumando experiencias vitales. Valora todos los proyectos que le llegan, pero tiene claro que nunca rodaría una película que defendiera o apoyara algo contrario a sus creencias.

“Yo creo que actuar es una patología controlada” y, sin poder evitarlo, se ríe mientras dice “supongo que cuando llevas muchos años en esta profesión no terminas muy bien de la cabeza de tanto jugar a ser otro”. Porque ser actor, para él, tiene que ver con la capacidad infantil de jugar a ser otra persona –ponerse en su lugar, defender su forma de pensar y entender por qué opina de esa forma- y ser capaz de volver a la realidad de uno mismo cuando se escucha la palabra: ¡Corten!.

Y de vuelta al mundo real, no duda en confesar que en ocasiones teme no estar a la altura, “creo que todo lo malo que nos pueda suceder está dentro de nosotros mismos”. Pero también sueña. Y mucho. Aunque ya no lo hace como años atrás, sino de forma más realista. Porque, ¿qué sería del cine si aquellos que se ponen detrás y delante de las cámaras no soñasen? “Sueño con poder seguir trabajando en distintas cinematografías y hacer géneros diversos”. Y nosotros, de corazón, decimos: Ojalá.

Porque hay costumbres, como la de deleitar a los espectadores con una buena actuación, que nunca deberían perderse. Al igual que tomar una caña en buena compañía. Y el acompañante que elegiría Eduardo Noriega para esa cerveza sería, por ejemplo, un colega de profesión como Daniel Day-Lewis. Aunque admite que unas cañas son el plan perfecto para conocer a cualquier persona, y nosotros, por supuesto, no le vamos a llevar la contraria.

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