Socorro, ¡vuelve el retrosexual!

Ninguna queríamos un Beckham en casa, pero tampoco queremos un cromagnon.

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Chicas, preparaos, he leído que vuelve el retrosexual, ese hombre que tiene que apretarse el cinturón y decide que en lo que va a ahorrar es en sus cuidados estéticos: adiós colonia, adiós depilación, adiós afeitado, adiós cremitas, adiós ducha diaria… ¡Socorro! Ninguna queríamos un Beckham en casa, pero tampoco queremos un cromagnon. Queremos lo que tenemos: unos aspirantes a metrosexuales a los que les encanta oler, tocar y darse nuestras cremas… en secreto. Ellos lo niegan. Pero nosotras sabemos que lo hacen porque se dejan los tarros abiertos, igual que la tapa del váter…

«Cariño», me dice la otra tarde mi marido, «¿no me pondrías unos pepinos en los ojos mientras me echo la siesta, que últimamente parezco un sapo?». ¿Unos pepinos? No se puede ser más antiguo ni más peliculero… Yo me armo de paciencia y endulzando al máximo la voz le pregunto: «¿Es que no te das el roll on ojos efecto hielo de L’Oreál Men Expert? Me pediste que te lo comprara cuando viste el anuncio de Gerard Butler ¿te acuerdas?» Porque una cosa que les sucede a los hombres con la cosmética es que se lo creen todo. Todo menos lo que les dices tú, claro. Si se lo cuenta uno de la oficina, si lo ve en un anuncio de la tele o se lo explica una fulanita que reparte muestras en la puerta del Bodybell se cree a pies juntillas lo que sea. Aunque le digan que como de verdad funciona la crema antiarrugas es tomándola untada en la tostada cada mañana. Pero ya puedes decirle tú que deje de mojar pan en la salsa que la barriga le está creciendo a un ritmo digno de estudio, que te contesta cargado de razón aquello de que lo suyo es de constitución, genético vamos, y que su padre y sus hermanos también la tienen. Y a mucha honra.

Volviendo a mi sapito. Me responde: «Ah, el roll on ese no funciona. Me lo di la semana pasada y estoy igual». Porque otra cosa que les sucede a los hombres con la cosmética es que se creen que es Lourdes y si no les proporciona efectos inmediatos, pasan. Son muy constantes y muy fieles en eso… «Así que prefiero los pepinos, que me ha dicho Rulo que eso sí que va bien». Se lo ha dicho Rulo. Otro que tal baila, un tipo cuyas axilas suelen anticipar su llegada. Un retrosexual de pura cepa. «Yo no uso desodorante», me dijo un día como jactándose. «Porque no sudo. Tengo los poros cerrados. Soy un caso extraordinario». Desde luego que es un caso. Y no tiene los poros cerrados, los tiene obstruidos de no habérselos lavado nunca. Pues este Rulo es la esteticienne de mi marido: «Y me ha dicho también que me debo cascar un huevo en la coronilla cuando me lave el pelo. Para conservarlo. Y que no tires los posos de la cafetera, que si te los restriegas por la cara y las manos te queda la piel muy suavecita…». Y todo así. Al tal Rulo le parece que las cremas son una cosa de nenazas. Pero encuentra que estos trucos caseros que heredó de su abuela son muy masculinos. ¿Cómo voy a luchar contra eso?

Así que me voy a la cocina, cojo un pepino y mientras lo rebano pienso en mi sapito. Le pondré las rodajas en los ojos y una mascarilla (de las de verdad) en la cara y otra en el pelo y repasaré sus uñas y vigilaré su entrecejo para comprobar que sigue dividiendo en dos su ceja… Y todo eso lo haré porque le quiero, porque el tal Rulo no tiene ni idea y porque mi sapito sí que lo vale. ¡Ah! Y porque no quiero en casa ¡un cromagnon!

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