El efecto esmalte.

El día que no me coloreo las uñas salgo a la calle con cierta sensación de… desnudez.

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¿Os habéis dado cuenta de que ya todas llevamos las uñas pintadas? Yo me resistía pero al final he caído. Y he de deciros que el día que no me las coloreo, salgo a la calle con cierta sensación de… desnudez. Sí, como si no me hubiera puesto ropa interior, o como si se me hubiera quedado enganchada la falda por la parte de atrás, o como si la blusa no me abrochara bien y dejara más a la vista que tapado. También tengo la impresión de ir ¿cómo decirlo? Desaliñada, descuidada, ¡sucia! Como si no me hubiera depilado las axilas, o me hubiera hecho un recogido sin desenredarme los nudos del pelo, o no me hubiera lavado la cara y los dientes antes de acostarme… (Que nunca he pasado por nada de esto ¿eh? Pero que debe ser muy desagradable).

El caso es que, como os decía, al principio me resistí. De hecho, este verano debí ser la única mujer de toda la costa mediterránea que no llevaba pintadas las de los pies. Increíble ¿eh?

Pero hace unos días vino a casa mi amiga Lola. Íbamos a salir a cenar con otras amigas. Pintada como una puerta y bien rociada de perfume, cogí la chaqueta, me aupé a los taconazos, agarré el mini bolso y caminé sonriendo desde el fondo del pasillo hacia Lola sabiendo que la estaba dejando muerta. Entonces ella, para mis sorpresa, empezó a chillar como una cosa loca: “Pero, ¿vas a irte así?”. Yo me eché un vistazo rápido y dije: “Así ¿cómo? ¿No estoy fantástica?” Y ella respondió: “Así, con esas uñas!”. Y yo le pregunté: ¿Mis uñas? Pero ¿qué les pasa a mis uñas?”. Y ella me dijo: “Que están tan… Que las llevas sin… Que las tienes  como…”. “¿Como naturales?”, dije yo. “Pues sí eso, naturales”, contestó con cara de asco y poniendo los ojos en blanco. Entonces me arrastró al sofá, abrió su bolsito mini y sacó un pedazo de kit de manicura de un tamaño imposible que contenía varias uñas de todos los tamaños y ¡un pegamento! En un plis plas, me había pegado una en cada dedo. Después dijo: “Por fin vas a descubrir y disfrutar del ‘efecto uñas largas’. Ahora sí podemos irnos”. Y yo le contesté: “Pues cógeme el bolso y cierra tú la puerta…”.

No sé a qué se refería exactamente Lola con el “efecto uñas largas”. Sólo sé que pasé una velada horrible: ni comí, ni bebí, ni consulté el móvil, ni me retoqué… Tres o cuatro veces se me quedó alguna uña en el mantel, pero Lola me las pegó con rapidez y discreción. Mis manos fueron la envidia y la admiración de todas, pero yo no disfruté nada de puro agobio. ¿Ligar? Sólo imaginar que un tío me tomara por una zombi que va perdiendo las uñas me hizo desentenderme del género masculino. Pero lo peor llegó al volver a casa y meterme en la cama: no pegué ojo en toda la noche por miedo a que las sábanas se me engancharan en las uñas y me las arrancaran de cuajo. Todas, las falsas y las de verdad. Afortunadamente, todo terminó por la mañana: me puse los guantes para enjuagar los cacharros del desayuno y cuando me los quité, no me quedaba ni una uña. Se habían quedado todas dentro.

En vista del éxito, Lola me dijo que las postizas no eran lo mío y que tenía que probar a pintármelas y conformarme con el “efecto esmalte”. “¿Y no tengo que dejármelas crecer”, le pregunté. “No tienes tiempo para eso”, me contestó. ¿Efecto esmalte? Me puse en lo peor, pero le hice caso. Me compré un rojo marca Chanel, color Pirate se llama, me las pinté y enseguida lo experimenté y supe por qué ya todas lleváis las uñas pintadas. El “efecto esmalte” te hace sentir más mujer, más interesante, más sofisticada, más arrolladora, más mona, más enterada, más alta, yo qué sé… Y ya no puedo parar. ¿Quién podría resistirse a tal subidón?

Pero una cosa os digo. No me conformo con el “efecto esmalte”. Quiero el “efecto uñas largas”. Porque si me siento así sólo por llevar de rojo unas uñas tamaño colegiala, llevar de rojo unas tipo madrastra de Blancanieves tiene que ser la leche. Y en eso estoy…

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