Treinta años con El Guernica.

Una de las obras de arte más representativas del siglo XX, icono-manifiesto convertido en símbolo universal...

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Me comentaba Peter el otro día, mientras saboreábamos unas pintas a la usanza irlandesa, que tan sólo tres o cuatro veces en su vida se había emocionado de manera excesiva ante determinadas obras de arte (hablamos de mareos, temblores, vértigos…). A medida que lo explicaba, recordé que todas aquellas manifestaciones son síntomas de una enfermedad psicosomática denominada Síndrome de Sthendal (o Síndrome de Florencia),  la cual causa un elevado ritmo cardíaco, vértigo, confusión e incluso alucinaciones cuando el individuo se expone a obras de arte, especialmente si éstas son muy bellas o hay muchas de ellas en un mismo lugar (en el pensamiento romántico se convirtió en referente artístico ante la acumulación de belleza y gran goce estético).

Bien pues mi amigo, artista polifacético, me concretó que una de esas contadas ocasiones le ocurrió al ver El Guernica. Yo no padezco del síndrome, pero le entendí perfectamente. En mi caso, El Guernica cambió mi modo de concebir Picasso y el Cubismo. Fue como si ese conocido universo ensamblara las piezas armoniosa y perfectamente, justo en ese preciso instante. Recuerdo que, mientras serpenteaba a la multitud escudriñando cualquier espacio, analizaba y estudiaba la obra, al tiempo que redescubría la historia que ya conocía y al artista que ya veneraba.

Me quedé completamente perpleja, casi enloquecida y maravillada ante la obra más conocida y destacada de este conspicuo artista. A pocos se les considera genios en el arte, que aunque parezca fácil y hasta incluso lógico una vez visto el resultado, algo de sobrenatural tiene eso de crear o inventar cosas nuevas y admirables a partir de la nada. En el mundo de Picasso los hechos acontecidos en Guernica el 26 de abril de 1937 tuvieron su instantánea.

En plena guerra civil española, republicanos y nacionalistas se baten en una lucha descarnada. La Alemania de Hitler, que apoyaba a Franco, sin más permiso ni notificación, decide realizar un bombardeo–alfombra contra la desamparada villa. La no reconocida y deshonrosa razón era probar en fuego real su armamento y nuevos aviones ante el advenimiento de la Segunda Guerra Mundial. La opinión pública internacional quedó de lo más consternada, no sólo por la masacre producida sino porque era la primera vez en la historia que una ciudad era atacada por el aire.

Justo unos meses antes de este episodio, a Picasso se le solicita que colabore con el gobierno de la República en el pabellón español para la Exposición Internacional de París. Consintiendo, recibe así el encargo de realizar un mural de 11×4 metros. Lo termina el 4 de junio y, con varios meses de retraso, es trasladado a la exposición en la segunda quincena de este mes abriéndose al público el 14 de julio.

A pesar de las distintas interpretaciones iconológicas (partidistas y no partidistas), no hay duda que este cuadro es un canto protesta sumamente expresionista a los horrores de la guerra, los civiles indefensos, la humanidad que sufre, las libertades silenciadas y la paz encarcelada.

Finalizada la guerra y derrotado el gobierno republicano, la obra no vuelve a España sino que viaja al MOMA (Museum of Modern Art de Nueva York) y, por orden expresa de Picasso, no regresaría hasta que una democracia no fuera instaurada.

Ese regreso cumplió treinta años el pasado septiembre, y su celebración, año tras año, convirtió al Guernica en una de las obras de arte más representativas del siglo XX. Un icono-manifiesto convertido en símbolo universal e imperecedero de las aguerridas injusticias.

Museo Reina Sofía.

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