La despensa de Italia.

Esta ciudad de la región italiana de Emilia-Romaña enamora no sólo por sus quesos y jamones, sino también por su historia.

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Los Farnesio, y después los Borbones, se encargaron a partir del siglo XVI de convertir a Parma en uno de los referentes de la cultura italiana, un cargo que ha ostentado hasta hoy. Allí nacieron los pintores Correggio y Parmigianino, el director de orquesta Arturo Toscanini, Verdi y, más recientemente, Bernardo Bertolucci. Y es que este pintoresco rincón de la Emilia Romaña, a medio camino entre Milán y Bolonia, esconde una impresionante belleza monumental, a la altura de su conocidísima gastronomía y su tradición perfumera.

Por que, ¿quién no conoce el jamón de Parma o el queso parmesano? Grandes bolas amarillas se trocean a diario para darle un sabor único a todo tipo de platos. También de este color suave es el ‘packaging’ de una de las firmas de perfumería más longevas: Acqua di Parma, cuya fórmula original fue creada en la ciudad en 1916; y también decora las paredes de muchos de sus palacios e iglesias. Un tono vivo en consonancia con el sentir local, y es que el parmesano presume de ser uno de los pueblos más abiertos y extrovertidos de Italia.

El turista que acuda a esta ciudad puede empezar a descubrirla partiendo de la plaza que acoge el Palacio de la Pelota o Palazzo della Pilotta (de 1583), que alberga la Academia de Bellas Artes, la Biblioteca Palatina, la Galería Nacional, el Museo Arqueológico, el Museo Bodoni y el Teatro Farnesio. De allí, otro edificio impresionante del siglo XVI: el Palacio Ducal, construido sobre lo que previamente era un castillo y que desde el siglo XVIII se completa con un jardín al estilo francés. Todo el centro está cuajado de palacios: el Palazzo del Comune, el del Governatore, el del Obispo… y, por supuesto [esto es Italia] de iglesias, como la basílica de Santa María de Steccata, construida en 1521.

Eso sí, donde seguro que el viajero hará más fotografías es en la Piazza del Duomo, corazón artístico de la ciudad y una auténtica maravilla arquitectónica medieval, ya que allí se encuentra el Baptisterio, el Palacio Episcopal y la Catedral, con más de nueve siglos entre sus muros y cuyo campanario se puede ver desde toda la ciudad.

Tras la ruta histórica, para reponer fuerzas, algunas de sus viandas emblema o, por qué no, su fantástico salami, el vino que se almacena en las bodegas de las colinas cercanas o sus platos a la trufa. Aunque nada como la pasta con carne de caza, sobre todo la de jabalí, una delicatessen a la que cuesta decir que no. ¿Reponemos fuerzas?

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