Tamara de Lempicka: la reina del exceso y el Art Déco.

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Nadie sabe con exactitud la fecha ni el lugar de nacimiento de Tamara de Lempicka. Entre que ella no lo dejaba claro y que no existen hoy documentos que lo acrediten, no hay manera de descifrar el enigma. La mayoría considera que Tamara Rosalía Gurwik-Górska nació en Moscú en mayo de 1898, aunque hay quien sostiene que fue en Varsovia tres años antes. Incluso Gioia Mori, experta en la obra de una de las artistas más fascinantes del siglo XX y comisaria de la exposición Tamara de Lempicka, reina del art déco (Palacio de Gaviria, Madrid), afirma que “ni su propia familia sabe cuándo y dónde vio la luz”.

Su padre fue un rico judío de origen ruso y su madre una polaca de la alta sociedad. Ella un alma privilegiada que disfrutó del lujo y la decadencia a partes iguales. Inteligente, bella y salvaje, salvo en contadas ocasiones, dedicó su vida a hacer lo que le dio la gana. Tamara de Lempicka simboliza toda la seducción, el glamur y el exceso de los locos años 20. Mori la define también como un icono de la modernidad, pionera del Art Déco. Abrazó todos los elementos característicos de este movimiento —geometrías, colores intensos y metalizados, formas rotundas— otorgándoles su sello personal, marcado por el Renacimiento italiano, Ingres y su maestro André Lhote.

Su infancia y adolescencia transcurren entre Suiza, Italia, Polonia y Rusia. Tiempos felices en los que recibe una exquisita formación y clases de idiomas y arte. Siempre rodeada de lujo y buen gusto, la jovencísima Tamara eligió como marido un atractivo abogado polaco, Tadeusz Junosza-Lempicki con quien vivió la vida loca y llena de privilegios hasta que la Revolución rusa se la arrebató. La Cheka arrestó a Tadeusz por actividades contrarrevolucionarias. Ella lo sacó de allí como pudo —sobre ese “pudo” también se ha especulado mucho— y, al igual que otros muchos rusos exiliados, llegaron a París sin dinero.

En ese momento comienza la fulgurante carrera artística de Lempicka quien, en poquísimo tiempo, logra situarse entre las altas esferas culturales, intelectuales y sociales. Se codeó con Joyce, Colette e Isadora Duncan, ilustró revistas femeninas y se convirtió en el símbolo del supuesto mensaje feminista avant la lettre.

En febrero de 1939 Tamara y su segundo esposo, el barón Raoul Kuffner, dieron una última fiesta en su casa de la rue Méchain, tras la cual se marcharon a Estados Unidos. Llevaban tiempo preparando en secreto su traslado ante el inestable clima previo a la II Guerra Mundial. En 1940 alquilaron en Beverly Hills la antigua casa del director King Vidor, indica la comisaria de la exposición.

En Estados Unidos, ya con el flamante título de baronesa Kuffner, emprendió un nuevo exilio huyendo de la II Guerra Mundial. Aunque continúo fiel a su estética sofisticada, a su vida extravagante, su lenguaje artístico libre y al margen de los cánones, la dichosa guerra, además de los horrores que todos conocemos, aniquiló por completo el refinamiento, el glamur, la exquisitez que reinó durante aquellos bellos años 20 y 30. Y el expresionismo abstracto arrebató el papel protagonista al modernismo. Ello contribuyó a que el estilo de Lempicka fuera dejado de lado. Así su nombre se fue apagando hasta que, en 1973, fue resucitada en la gran exposición del galerista Alain Blondel en París.

Dividida en diez secciones temáticas, Tamara de Lempicka. Reina del art déco es la primera retrospectiva que Madrid dedica a la artista. Arthemisia pone en escena la trayectoria de Lempicka contextualizada en su propio entorno: sus muebles, sus ropas (diseños de Descat, Schiaparelli, Vionnet o Patou), la decoración del momento, fotografías, grabaciones… Es como trasladarse al parís del periodo de entreguerras —el más fructífero de su carrera—. A través de las más de doscientas piezas que reúne la muestra, trata también de reconstruir los aspectos más desconocidos de su vida.

Faltan algunos de sus cuadros más icónicos: el célebre Autorretrato con Bugatti verde; el retrato de su primer marido, Tadeusz Lempicki, tan guapísimo como inútil, y los de algunas de sus amantes —amores que nunca escondió— como la marquesa de Salle. Sin embargo, se expone por primera vez el retrato de Alfonso XIII, pintado durante el exilio italiano del monarca. Gioia Mori rescató el pequeño lienzo inacabado y la carta a un coleccionista que certifica su autenticidad.

Más información Palacio de Gaviria

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