Sísifo de Tiziano.

Los amantes de la mitología griega sabemos que los dioses no daban puntada sin hilo...

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Los amantes de la mitología griega sabemos que los dioses no daban puntada sin hilo. Escogían castigos y recompensas ejemplares, universales. Tanto que, nosotros, mortales del siglo XXI seguimos analizándolos y aprendiendo de ellos. Para mí, de los más instructivos, es el mito de Sísifo. Para María de Hungría, la hermana de Carlos V, también. Por eso encargó al gran Tiziano que lo pintara junto a «Ticio» y «Tántalo e Ixion», componiendo la tríada de Los Condenados, que expuso para advertir a quienes tuvieran en mente retar al Emperador.

Porque Sísifo, fundador y rey de la ciudad de Éfira, posteriormente conocida como  Corinto, retó, no a un emperador, sino a los dioses, y les ganó. Por lo menos, durante unos años. Es verdad que una de las versiones que nos habla de él le retrata como avaro, asaltador de viajeros a los que robaba sus riquezas. Pero como dice Sartre en su ensayo El mito de Sísifo, eso no es incompatible con la astucia y la osadía. La osadía humana, el mayor de los insultos para los dioses.

Sísifo era osado, sabedor de su astucia. Era un jugador que apostaba por sí mismo, es decir, a caballo ganador. Los dioses estaban irritados con él. Tenían que estarlo. Un mortal les desafiaba. Hasta que se atrevió a denunciar al mismísimo Zeus al río Asopo, cuya hija había sido secuestrada y violada por Zeus. El precio, una fuente para su ciudad.

El enfado del padre de los dioses fue descomunal, no era para menos, y le mandó a Tánatos, la muerte, para que se lo llevara al Hades. Pero esa no era una traba para Sísifo: encadenó a la misma muerte para seguir en este mundo. No me pregunten exactamente cómo lo hizo. Y ahora hagamos un esfuerzo e imaginemos la escena de Zeus preguntando qué hay de lo de Sísifo. «Que ha puesto grilletes a Tánatos y nadie se muere». Yo soy Zeus y me muero de risa.  Sinceramente.

Sea como fuere, Zeus mandó a Hermes, el mensajero, el de los pies alados, para que custodiara hasta el Hades al rebelde y osado. Y así lo hizo. Pero presintiendo que iba a morir, Sísifo le hizo prometer a su mujer que no le daría un entierro en condiciones como prueba de amor. Así que, al morir, Mérope arrojó el cuerpo de su amado esposo de cualquier manera. Entonces, Sísifo fue a quejarse de semejante ultraje a Perséfone, reina del inframundo, esposa a la fuerza de Hades, quien se apiadó de él y le permitió volver para castigar a su esposa haciéndole prometer que regresaría inmediatamente. Pobre Perséfone, que creyó en las palabras del más audaz de los audaces. Por supuesto, una vez en su palacio, Sísifo decidió quedarse disfrutando de la vida en este mundo. Y volvió a traicionar a los dioses. De nuevo Zeus tuvo que intervenir. Y esta vez el castigo fue definitivo.

Sísifo fue condenado a vivir para siempre cargando una enorme piedra sobre sus hombros por la ladera de una empinada montaña. Pero justo antes de culminar la cima, la piedra se le caía de las manos y rodaba montaña abajo. Y Sísifo debía comenzar la ascensión de nuevo. Una vez y otra. Por toda la eternidad.

Sartre veía en Sísifo la perfecta representación del hombre absurdo, del hombre real que vive persiguiendo logros que nunca consigue, repitiendo rutinas que no conducen a nada. Es el ser humano encerrado en el círculo vicioso de expectativas siempre frustradas.

En su reflexión, Sartre se pregunta en qué pensaría ese hombre ladera abajo, sabiendo lo que le tocaba. Yo creo que iría pensando en el mar, en el sol de Corinto, en lo bueno que vivió, en su victoria retando al más grande de los dioses. Creo que sonreiría al bajar la montaña. Y creo que cada subida significaría para él otro éxito, frente a la piedra, frente a la montaña, frente a los dioses y al destino.

Porque el destino terrible y eterno no fue por nada. Fue el fruto de un espíritu que no admitía limitaciones, ni siquiera de los dioses. Sísifo prefirió disfrutar mientras pudo en lugar de vivir atemorizado por el castigo. Y sonreiría al bajar a por su piedra.

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