Mañana soleada. Edward Hopper.

La clave de Hopper es la luz, esa luz de la transición entre la noche y el día, el momento de la reflexión, esa luz mágica.

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Por alguna razón, las mujeres de Edward Hopper miran por la ventana. Pintó muchas: vestidas, desnudas o mitad y mitad, solitarias en medio de la ciudad, en una cafetería o en la habitación del hotel. No es que solamente pintara mujeres, en realidad, se trata de seres humanos imbuidos de un sutil aire melancólico y aislado. Podría ser yo, una soleada mañana de domingo, absorta en mi mundo, mirando por la ventana desde mi cama.

Alto, introvertido, conservador, culto y con un particular sentido del humor pícaro, transmitió esa languidez típica de quien nace introspectivo casi de serie, a toda su pintura. Desde sus faros, sus barcos luminosos, y sus paisajes al borde del mar hasta las escenas urbanas de los Estados Unidos de los años 40 o 50, sus obras comparten esa extraña sensación que uno siente cuando se percibe solo en medio de la gente.

Mirando sus cuadros, pienso lo necesario que es vivir esos momentos de soledad, buscada o no, para saber quienes somos, más allá de la etiqueta que el grupo de origen, el trabajo o las aficiones nos adjudican, lo queramos o no. Por encima del rol de madre, oficinista, amante o amiga, esa mujer es eso: una mujer que mira por la ventana un domingo soleado. Y solamente eso. Percibe el mundo, maravilloso o terrible, a través de un cristal que la protege y a la vez la aísla, y mira en silencio, sin compartir con nadie su interpretación de esa porción de la realidad que alcanza a ver desde la ventana.

No puedo negar que Hopper es una de mis debilidades. Hijo de una familia burguesa, adoraba leer a Ralph Waldo Emmerson y la pintura de Manet y Degas. Durante sus dos viajes a Francia, cuya cultura le atraía desde niño, no se dejó llevar por las nuevas corrientes que surgían a borbotones en París. Tal y como confesaría más tarde, ni siquiera recordaba haber oído hablar de Picasso. Tampoco le afectó la crudeza de la Gran Depresión. Más bien al contrario, fue en el año 1931 cuando vendió más cuadros que nunca y empezó a ser cotizado. Casi un outsider burgués, era un buen conversador por su discreción y su cultura. Muy aficionado a la lectura, le influyó mucho la obra de Freud. Para Hopper, la pintura está de alguna forma, guiada por el subconsciente. Esta idea no era absolutamente nueva, su maestro, Robert Henri, le había enseñado que la pintura debía ser una provocación, que se olvidara de las técnicas pictóricas y se centrara en aquello qué más le llamara la atención, en lo que el objeto observado le hacía sentir.

Su personalidad se intuye fácilmente a partir del comentario de su mujer:

«A veces, hablar con Edward es como tirar una piedra a un pozo, con la diferencia de que no suena al chocar con el fondo«.

Josephine era su contrapunto: liberal, abierta, gregaria, activa y bajita. Fue su agente, modelo, compañera, consejera artística (no en vano ella también era pintora) y el resorte que hizo que Hopper saliera de una larga etapa de desidia, aburrimiento y sequía interior. Le animó a pintar acuarela, le empujó a exponer y se sometió a la vida tranquila y solitaria típica del pintor. No le sobrevivió ni diez meses cuando él murió con 82 años en mayo de 1963.

Resulta curioso que, criado en una familia matriarcal, con la casa llena de féminas dando vueltas, con una madre culta y refinada, y un padre de carácter más bien taimado que casi pasaba desapercibido, retratara sobre todo mujeres, pero mujeres tristes, solas, como cansadas de la rutina propia de la austera clase media americana de la primera mitad del siglo XX. No es una mujer que se divierte o que celebra la vida. Y todo ello, paradójicamente, no solamente lo plasma utilizando colores oscuros y planos, muchas veces nos hallamos ante lienzos llenos de color. La clave de Hopper es la luz, esa luz de la transición entre la noche y el día, el momento de la reflexión, esa luz mágica. Como su pintura.

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