Marieta.
Esta es la historia de Marieta y de lo que le sucedió...
Marieta era tan pequeña y tan menuda que bien podía haber sido el hombre invisible, sonaba bajito incluso cuando gritaba, de perfil era como el canto de una hoja de otoño y de frente era tan blanca parecía casi transparente… pero su cabeza era un hervidero de ideas y sueños, de cosas por hacer e historias por contar ¿podría haber creado con todo ello un mundo que la hiciera deslumbrar a ojos de los demás? Es probable… pero Marieta era tan menuda como inquieta e inquietante, era impaciente, era exigente y sus ojos estaban tan trastornados como los de Lewis Carroll así que se veía a sí misma deformada en el espejo: más grande, más redonda, más viva, inmensa… lo que no hacía sino impacientarla más pues tomaba a los otros como un panda de ciegos que no quieren ver.
El hervidero que Marieta tenía por cabeza fue subiendo de temperatura hasta llegar a la de ebullición, gotas de agua, sudor e ideas fueron saltando por el borde de la cazuela hasta que ya no quedó en su cabeza una sola neurona que no estuviese sobrecalentada y se salió toda ella de sí misma. Gritaba e insultaba a voz en grito y a quien quiera que pasara junto a ella, espía espumarajos blancos por al boca y destellos sanguinolentos por la nariz y las orejas, lloraba lágrimas de sangre y se retorcía los pies caminando de puntillas para sentirse así más alta, más grande.
Pero Marieta era tan pequeña y tan menuda que sonaba bajito incluso cuando gritaba, era de perfil tan fina como una hoja de otoño y de frente su tez se veía tan blanquecina que parecía translúcida… así que nadie se percató de la indignación desbordada y desbordante que destilaba Marieta de la mañana a la noche, nadie se dio cuenta de cuanta inquina ponía en todo lo que decía, de como tenía un dardo envenenado para cada una de las personas que conocía, solo ella… que mientras construía su mundo con ladrillos de odio, rencor y envidia, se iba hundiendo más en la ciénaga de su ego desfigurado y haciéndose cada vez más invisible para el mundo.
Tan invisible se hizo que incluso ella dejó de verse; dejó de mirarse a aquel espejo que le devolvía una visión deformada de sí misma y los fantasmas de su mente se fueron agotando tanto como ella misma; ya no se subía sobre las puntas de los pies sino que vivía hecha un ovillo porque el karma, en un alarde de justicia poética, había descargado sobre ella todo el odio con el que ella había mirado a los otros.
¡No te preocupes tanto! Le decía su abuela pensando que la niña se hacía un ovillo en el sofá por sentirse todavía más pequeña de lo que era ¡la buena esencia se vende en frasco pequeño! añadía… pero a continuación callaba, porque sentía que un escalofrío recorría su espalda al recordar que el veneno también se envasaba en pequeñas dosis…