En los sábados por la mañana, cada cual escucha la música que debe. Cinco Canciones De Final De Otoño.

Pensamientos y sensaciones entre melodías señaladas.

Parecía que nunca iba a llegar la mañana del sábado pero finalmente se dignó a venir y con ella debía traer el descanso y la tranquilidad. Eso, al menos, prometía. Pero no era más que un espejismo. Las sombras seguían ahí, presentes. Acechantes. Ni una palabra de desahogo. Ni siquiera algo de voz para acompañar a esa canción.

Las flores marchitas por el frío de las noches largas, la sequía y el abandono creaban a su alrededor el mismo paisaje desolador en el que había convertido su vida. Los colores habían dejado paso a una escala cromática uniforme. Todo era casi ocre. Quizás todo menos esa canción.

Entre horas eternas y días que volaban como nubes en un día de viento, su tiempo se consumía sin remedio. Trabajo, compromisos y tareas, asuntos ajenos a su imaginación, a sus deseos, a su ilusión. El sueño de su vida era otra vida y no una monótona rutina. Alguna vez era consciente de ello y entonces se decía “esto sólo lo salva una buena canción”.

Era una mañana de sábado pero era, otra vez, un día sin sol. Se detuvo un momento e intentó buscar algo de lo que llevaba dentro. Pero ya no había nada. No quedaba ni rastro de todo aquello que imaginó. Ni siquiera la esperanza, ni un poco de fe. Volvió su cansada mirada hacia la música cuando empezó a sonar otra canción.

“No sabes cómo a veces envidio tu muerte”, murmuró. “El silencio del olvido, la paz de la distancia. Aquí todo sigue siendo ruido y confusión. Y mucho cansancio”. Pensó que tal vez este sentimiento se debía a que eran los últimos días de otoño, esos que inundan todo con su tristeza teñida de gris. “Serán ellos. Será la canción que suena de fondo y que me recuerda a ti”.


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