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Victor McLaglen, el hombre intranquilo.

A Victor McLaglen era mucho mejor tenerlo de tu lado que en el contrario. Y además casi noquea a John Wayne.

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Victor McLaglen era uno de esos tipos a los que sin duda se debe tener al lado en varias situaciones claves. A saber: en una pelea y en una borrachera. Sí, entendemos que no se debe pelear y que tampoco es prudente abusar del alcohol. Pero también sabemos que las cosas ocurren, y que como nos hemos educado como nos hemos educado, es decir, viendo películas de John Ford, lo de las peleas y lo del alcohol tampoco nos parece un pecado mortal.

Hablando de Ford, consiguió de Victor McLaglen que se convirtiera en actor, un habitual en sus películas, ese secundario casi siempre borrachín y dos de cada tres veces soldado que no era un prodigio de disciplina pero que sin embargo parecía poseer todo el espíritu que el genial director quería dar a sus historias y a la caballería yanqui que nos pintaba en muchas de ellas.

Lo que no pudo hacer John Ford con McLaglen, por mucho que le hubiera gustado, es convertirle en irlandés. En realidad nació en Inglaterra, en 1886, aunque creció en Sudáfrica, donde se había trasladado la familia por aquello de acompañar a papá, a la sazón obispo de una iglesia protestante episcopaliana. Como lo lees.

Aparte de actor y de inglés, cosas que le vinieron dadas sin demasiado esfuerzo por su parte, nuestro protagonista se curró bastante el resto de su currículo. Se escapó de casa con 14 años para alistarse en el ejército, y no precisamente pensando en que muchos años más tarde interpretaría a a unos cuantos soldados en la pantalla. Claro que terminaron por echarle del ejército cuando descubrieron que aún era un mozalbete.

Y sería un mozalbete, pero con cuerpo de armario ropero, lo que le permitió iniciar el segundo de los oficios que pasado el tiempo también le valdría para el cine, el de boxeador. McLaglen, peso pesado, por supuesto, se ganó la vida durante un tiempo haciendo combates de exhibición e incluso viajando con un circo en el que ofrecía 25 dólares al que pudiera aguantarle tres asaltos.

Para cuando estalló la Primera Guerra Mundial volvió al ejército, sirviendo en Bagdad un tiempo y sin dejar el boxeo, del que se convirtió en campeón de los pesos pesados del ejército británico en 1918. Al poco tiempo, abandonó ya para siempre eso de los uniformes reales y se pasó a los de mentira, bastante más lucrativos y menos peligrosos.

Seguramente en aquellos años tuvo lugar el encuentro más importante de su vida, el que le reunió con John Ford, que supo sacar del ex-boxeador y ex-soldado algo intangible y especial, algo que le hizo reconocible y querido, el indudable compañero de nuestras batallas y borracheras. Ford le procuró con sus películas un Oscar por El Delator, en 1935, y una nominación por El hombre tranquilo, en 1952, pero Victor fue el que consiguió, él solito, que dudásemos aunque fuese un poco, entre él y John Wayne en su homérica pelea en aquel pueblecito irlandés de Innesfree.

El 66 de sunset boulevard

El cine como arte y el arte como cine, que ya lo decía Canudo en su Manifiesto de las siete artes. Delicia visual y placer auditivo que cada jueves apoyados en el extraordinario título de Billy Wilder, Adolfo Suárez, con el 66 por bandera, nos acercará en un recorrido de historias y personajes a través de una perspectiva histórica.

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