El 66 de Sunset Boulevard+por Adolfo Suárez

De Kim Basinger a Dakota Johnson. O de 9 a 50, que debe ser cosa de los números.

En esto del amor, ya se sabe que los números tienen bastante más que ver de lo que parece.

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Para tener que ver con las matemáticas, que en principio y a la espera de que algún genio me desmienta no suele ser asignatura demasiado dada al erotismo, esto de los números suele dar que hablar, en este caso de mirar, en relación a eso de que una pareja nos explique su más o menos apasionada relación carnal en la oscuridad de una sala de cine que no sea X ni, que no seamos ni nosotros ni las de las butacas cercanas, y que además se convierta en un fenómeno más o menos popular. Así que con 20 años exactos de diferencia, de 9 semanas y media pasamos a 50 sombras de Grey. de casi 10 a la mitad de 100, que el amor, o cierto amor, debe ser cosa de los números, como las dos y las tres de la canción de Sabina o el 69 de las fantasías o realidades de cada uno.

En 1986, con veinte añitos registrados en el Documento Nacional de Identidad de quien suscribe, la cosa era ver a Kim Basinger, nosotros, y a Mickey Rourke, ellas, retozar bajo las sabanas o donde se terciara, de videoclip en videoclip ochentero hasta la victoria final, que pudiera decirse. De aquella película nos quedó la obligatoriedad de hacer el ridículo en nuestra vida en al menos un par de ocasiones parafraseando un striptease a los sones roncos de Joe Cocker, unos cuantos intentos de aportar alimentos a nuestra dieta sexual a cuenta de la escena del frigorífico y algunas frases hechas acerca de lo mal que empezaron a pasar los años y lo que no han sido los años por encima, por debajo y por los lados de Mickey Rourke. También nos quedamos con la Basinger, pero como era lo normal y nos quedaba todavía que hiciera de novia de Batman y de Veronica Lake en L.A. Confidential, tampoco es cuestión de repetirnos demasiado.

Ahora quien ronda los veinte en la casa es mi hija, y las 9 semanas se multiplican a 50 sombras, Kim Basinger pasa a llamarse Dakota Johnson y a Mickey Rourke le ponen de nombre Jaime Dornan, pero el juego viene a ser el mismo, aunque uno particularmente piense que de Johnson a Basinger hay diferencias significativas, que entre Dornan y Rourke siempre nos quedemos con la pasta y que lo de la violencia en el sexo no tiene ninguna gracia por mucho que abulte la cartera de quien la esgrime, aunque como no he pasado por el trance de verla, ignoro las prácticas que haya puesto de moda la película añadidas a las que la literatura hubiera iniciado en su momento, pero imagino que proporcionarán tantos ratos de placer en el momento de intentar emularlas como de vergüenza ajena unos años después, y que lo más sexual del asunto, como siempre, serán las risas que proporcione la sintonía ya existente en la pareja.

Así que uno se da cuenta de que el tiempo pasa para no pasar en las cosas de menos importancia, que por nuestros cuerpos, la nevera y la cara de Belén Esteban sí que lo hace, y más o menos todo cambia para seguir igual, a ese lado y a este de la pantalla. Al fin y al cabo, mientras nadie venga a decirnos lo contrario, uno y uno, sean Basinger y Rourke o Johnson y Dornan, siempre suman dos, es lo que tienen los números.

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