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Ida la aventurera.

Ida Lupino, de los Lupino de toda la vida, una de esas mujeres que desafió a su época y que debería estar presente en la nuestra.

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Ida Lupino tenía nombre de aventurera, de Penélope Glamour en los autos locos. Una de esas heroínas improbables de películas improbables, que hacía sin despeinarse lo mismo que hacían los héroes, pero con más estilo y maquillaje. Y en realidad, fue una aventurera en un mundo de hombres, una heroína que enfrentó peligros y riesgos en busca de tesoros. Salvo que la selva era Hollywood y las fieras estaban en los despachos de los estudios, león de la Metro Goldwyn Mayer aparte. Para irnos aclarando, Ida Lupino se llamaba Ida Lupino, y su nombre no había sido elegido por un productor para que tuviera mayor sonoridad o pareciera exótico. Ella era inglesa, londinense, nacida en 1918 en el seno de la familia Lupino, de los Lupino de toda la vida, vida que se relacionaba con el mundo del espectáculo desde su origen unos siglos atrás en la Italia renacentista, ahí es nada. Así que de casta le venia a la galga.

Ida, de pequeña, quería ser escritora, que ya os digo yo que siempre ha sido un poco ser aventurera. Pero al revés de todos los padres que en el mundo han sido, los de Ida querían que fuera artista. Así que artista fue, comenzando como actriz en Inglaterra a comienzos de los años 30, para luego dar el salto a Hollywood poco tiempo después. La verdad es que la chica no lo hacia del todo mal, y pronto se hizo un hueco como una excelente actriz dramática. Lo malo para su carrera es que ya existía alguien llamada Bette Davis, así que a ella durante un tiempo la cayeron los descartes de la de los ojos y la canción. De hecho, comenzaron a llamarla la “Bette Davis de los pobres”. Sus mejores papeles fueron dos películas junto a Humphrey Bogart, El último refugio y La pasión ciega, entre 1940 y 1941.

Pero aparte de la Davis, existía otro pequeño problema con Lupino: su negativa a ser un títere en las manos de los estudios. Rehusaba papeles si pensaba que no la convenían o que atacaban su dignidad, discutía con directores y productores sobre la manera de enfocar sus personajes… de tal manera que el estudio optaba por suspenderla. Lejos de cogerse el cesto de las chufas, si es que tenían la suerte de tener chufas en California, nuestra heroína gastaba su tiempo de ocio forzado aprendiendo lo que podía de los profesionales de los estudios: cámaras, iluminadores, productores, guionistas. Pronto se vio capacitada para formar junto con Collier Young, su marido por aquel entonces, su propia productora y comenzar a escribir, producir y dirigir sus propios proyectos. Eso, en el Hollywood de principios de los años 50, la convirtió en una aventurera con más peligro que Tarzán en todas sus películas juntas. De hecho, era la única directora en un mundo dominado completamente por hombres.

Ida se hizo inscribir en un silla de director la frase “Madre de todos”, poniendo nombre a una manera de dirigir contraria a los usos masculinos que imperaban en el negocio. Como sus películas eran de bajo presupuesto, utilizaba decorados anteriores en sus películas, se hizo pionera del “product placement” cobrando por que determinadas marcas apareciesen en sus películas, y utilizaba escenarios naturales y urbanos todo lo que la era posible. Su carrera en el cine como directora tampoco fue larga o exitosa, sin llegar a la decena de películas, pero donde terminó por salirse fue en la naciente televisión, donde dirigió un centenar de episodios de distintas series entre las más destacadas de la época.

Ida la directora, la actriz, la escritora, la productora, fue un verso libre en el Hollywood de los años 40 y 50, una rara avis que luchó por su condición de creadora y de actriz sin permitir que su género le impidiera conseguir sus objetivos. No fue Bette Davis, ni falta que le hizo. Lo que sí haría falta es que a estas alturas de la película, mucha más gente viera su nombre o le echara una mirada a su rostro y dijera; mira, es Ida, la aventurera.

 

El 66 de sunset boulevard

El cine como arte y el arte como cine, que ya lo decía Canudo en su Manifiesto de las siete artes. Delicia visual y placer auditivo que cada jueves apoyados en el extraordinario título de Billy Wilder, Adolfo Suárez, con el 66 por bandera, nos acercará en un recorrido de historias y personajes a través de una perspectiva histórica.

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