El 66 de Sunset Boulevard+por Adolfo Suárez

El cuento del niño que perdió su sonrisa.

Había una vez un niño sin sonrisa. No sabemos cómo la perdió, pero sí como intentó recuperarla.

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Todo el mundo debería saber que antes del había una vez había otra vez. O sea, que cuando empezamos a contar un cuento, los protagonistas no brotan del aire como por arte de magia. Bueno, a veces si, pero eso sólo en los cuentos de magia, no en todos. En la mayoría, la historia empieza a contarse desde un un punto en el tiempo determinado, que a veces no importa y otras veces si. Por ejemplo, si empezamos un cuento diciendo: “Había una vez un niño que no tenía sonrisa”, nos pasamos de largo el motivo por el cual el susodicho no tenía la susodicha. ¿Sería un robo? ¿La perdió en el cine, en un árbol, se le olvidó en casa de un amigo? ¿La apostó? Quizás nunca lo sabremos. Esto lo hacen los cuentistas por varias razones. La primera de ellas es porque si triunfa el cuento, la cosa da para varias secuelas y un par al menos de precuelas. Algo así como “El niño de la sonrisa tampoco tenía lágrimas” (Sí, era rarito, el tío) o “El niño vuelve a perder la sonrisa”, o tal vez “El niño que perdió su sonrisa: Revolution”, que pega mucho últimamente como cuarta o quinta parte de algo.

Otra razón es por la profesión. Si un cuentista se lía a explicar todo lo explicable, lo que hay antes y después de cada “Había una vez”, lo que termina escribiendo es una novela, el se convierte en novelista, le cambian las cuotas a la Seguridad Social, y eso si que ya el cuento de nunca acabar. Así que lo normal es que si escribes que había una vez un niño que no tenía sonrisa, lo más razonable es que cada uno se imagine la razón, y así todos tan contentos.

Pero el caso es que tenemos un cuento, tenemos un niño, y no tenemos su sonrisa. Un niño sin sonrisa es cosa seria, claro, porque si no fuera serio tendría sonrisa. Y la historia tiene que ir en la dirección de que el chaval recupere lo más pronto posible la alegría en el rostro. El chaval de nuestro cuento, en concreto, eligió una manera un poco complicada, pero en verdad muy concienzuda, de buscar su extraviado gesto facial de alegría (esto se hace para no repetir demasiado la palabra “sonrisa” -nota del cuentista-). Decidió provocar la sonrisa de los demás protagonizando películas con la idea de terminar reconociendo la propia en el rostro de alguien. Y a ello se dedicó en cuerpo y alma. No os creáis que le fue fácil, porque al no tener sonrisa, no se le entendían las gracias demasiado bien, con lo que tuvo que inventarse acrobacias arriesgadas, malabarismos fascinantes y situaciones increíbles. La verdad es que le costó, pero poco a poco comenzó a recoger su cosecha de sonrisas. De hecho, su peculiar manera de hacerlo le hizo especial, porque nadie más lo hacía como él.

Durante mucho tiempo, el niño que había perdido su sonrisa provocó millones de sonrisas en los demás. Pero nunca logró encontrar la suya. Esto es malo para un cuento, porque no suena a final feliz. El cuentista abajo firmante (o más bien arriba firmante, en este caso), podría esperar a que este cuento tuviera mucho éxito, y escribir al menos una segunda parte para ver si se desvelaba el secreto del niño y su sonrisa perdida. Pero seamos realistas: el cuento no es tan bueno. También podría llamar a este cuento Capítulo 1, y comenzar una novela. Pero no me apetece ser novelista, al menos esta semana. Así que imaginemos que Buster Keaton (¿De verdad no os había dicho el nombre del niño?), que se convirtió en uno de los más grandes comediantes de la historia del cine a base de hacer sonreír sin sonreír, sí que encontró su sonrisa, pero se la reservó para cuando nadie podía verle, y así seguir haciendo a la gente reír. Esto suena más a final feliz, imaginando al bueno de Buster sonriendo levemente delante de un espejo mientras nos mira en el reflejo del cristal como de soslayo.

Pero recordarme, si os gusta mucho, mucho, mucho el cuento de Buster Keaton, lo de la segundas partes, y eso, y tal.

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