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Dal crudel che m’ha tradita, del Tamerlán de Handel.

Las historias en las que amor, sexo, poder y dinero se entremezclan son garantía de éxito. Handel tenía un especial olfato para encontrarlas.

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Las fuentes historiográficas nos informan que Tamerlán, ferviente musulmán, gran conquistador y hábil guerrero tártaro, nació en 1336 en Transoxiana, Asia Central, hijo de un cacique menor descendiente de una familia noble del Kanato Chagatai. También conocido como Tamorlan, Tamerlano, Tamurbec y Timur Leng, Tamerlán, el Señor de las Conjunciones, el último de los conquistadores nómadas de Asia Central, no sólo fue valiente entre los valientes, sino también enormemente sagaz, generoso, experimentado, perseverante, inculto, orgulloso y vengativo. Cualidades que combinadas bastaron para reunir a su alrededor a un ejército de entusiastas que conquistó en poco más de veinte años desde el Indo hasta el Éufrates, Siria, el sur de Rusia y Asia Menor. Tres años después de su victoria sobre Bajazet, sultán otomano al que también conocemos como Bayaceto I, murió camino de conquistar la China de los Ming. Sus victorias no sólo atrajeron a sus biógrafos iranios sino también al historiador musulmán Ibn Jaldún y al cristiano español Ruy González de Clavijo, enviado a la corte de Tamerlán por el rey Enrique III de Castilla. Desde entonces, Tamerlán ha trascendido en la historia hasta el punto de ser comparado con Gengis Khan, Alejandro Magno, César, Atila y Napoleón.

Las narraciones en las que amor, poder y dinero se reúnen, son garantía de éxito. Y más aún cuando estas historias caen en manos de un compositor del talento de Georg Friedrich Handel, sobradamente conocido por el olfato que durante su vida desarrolló para rentabilizar sus espectáculos, especialmente desde su instalación en Inglaterra. En 1724, Handel era el gran dominador de la escena londinense. Su intensa labor creativa para implantar la ópera italiana en la capital del Imperio transcurría acompañada del éxito de la Royal Academy of Music, una compañía fundada en 1719 por un grupo de aristócratas para asegurarse el suministro de óperas serias. El 20 de febrero de aquel año, Handel estrenó la ópera Giulio Cesare en el King’s Theatre de Haymarket entre el fervor de un público entusiasmado. Pronto comenzaría a componer Rodelinda. Entre ambas compuso Tamerlano. Tardó en hacerlo tres semanas del mes de julio. Sin problemas. Handel se encontraba en uno de sus períodos más fecundos y la historia del amor del emperador de los tártaros por la hija del sultán turco Bajazet no sería una excepción en su ejemplar trayectoria.

Tamerlano HWV 18 es una ópera en tres actos cuya primera representación se realizó en el King’s Theatre de Haymarket el 31 de octubre de 1724. Se representó una docena de veces en la misma temporada y se volvió a reponer el 13 de noviembre de 1731. El libreto fue escrito por su inseparable colaborador Nicola Francesco Haym, quien se basó en el escrito por Agostino Piovene para la ópera Il Bajazet de Francesco Gasparini, estrenada poco más de una década antes en el Teatro di San Cassiano de Venecia. Tamerlano es una de las  óperas de Handel más profundas y título clave en la historia de la música, entre otros motivos, porque es la primera ópera seria en la que el papel principal, a pesar del incuestionable dominio de los castrati, se encomienda a la voz grave de un tenor. Además, con toda probabilidad es la ópera de Handel con más recitativos, lo que hizo que el propio autor, afortunadamente, realizase una revisión en 1731 en la que prescindió de muchos de ellos y añadió algún aria extra.

Para comprobar la incuestionable calidad musical de Tamerlano, os proponemos que escuchéis el aria titulado Dal crudel che m’ha tradita, cantado por la princesa Irene en la escena octava del acto I.

Dal crudel che m’ha tradita
tenterò con la mia vita
di rimover l’empietà.
Ma se poi tiranno ancora
non ascolta chi l’adora
dimmi, o Ciel, che mai sarà?
 
Al inicuo que me ha traicionado
intentaré con mi vida
apartarle de su impiedad.
Pero si luego el tirano
no escucha a la que lo adora,
decidme, ¡oh, cielos!, ¿qué sucederá?

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