The Sunday Tale+por Berta Rivera

Sobre la cómoda.

"Jamás había visto muebles tan vividos; el calor del sol, el rumor de las olas, la sal, la fuerza de las gentes del mar, su alma sufrida …"

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Jamás había visto muebles tan vividos; el calor del sol, el rumor de las olas, la sal, la fuerza de las gentes del mar, su alma sufrida … de todo ello estaban impregnadas aquellas maderas y ella lo sentía en la piel, porque conocía esas sensaciones en todo su detalle y esplendor. Paseó su vista sobre cada mueble, acarició algunos y se vio en otro lugar, en otro momento de su vida. – ¿Se encuentra bien? – le preguntaron, no sabía cuánto tiempo había permanecido absorta … – – respondió recuperando la compostura – quiero llevarme esa cómoda y también uno de esos espejos -.

Él la había visto entrar, la esperaba desde hacía dvías … pero no se atrevió a dar un paso al frente, ni quiso dar un paso atrás … Al verla caminar hacia la puerta miró el reloj, el tiempo parecía haberse detenido, y no supo si esa noche prepararía de nuevo aquella llamativa maleta que ella le regalara, o seguiría allí, vacía a los pies de su cama como recuerdo perenne de su ausencia.

Ya en casa, ella sonrió al ver la cómoda, bajo el espejo, instalada a los pies de su acogedora cama-cuna; en un rincón, junto a la ventana, su viejo móvil vikingo y enfrente, aquella original lámpara de pared; nada encajaba, por eso todo era perfecto; su cuarto era un mosaico de objetos sentidos pero sin sentido alguno, como su vida, que no era más que los restos de su último naufragio.

Sobre la cómoda, su animal más admirado, un pequeño camaleón y, junto a él, un libro viejo, no por los años sino por lo usado, era su viento en las velas. Cogió el bote de aceite de delicias, que había abandonado junto al libro, e impregnó sus manos con él, su olor la calmaba, la abrazaba … la llevaba al tiempo en que eran otras manos las que acariciaban su piel con aquel aroma y le hacía sentir que, algún día, volvería a sonreír con la misma ilusión pero sueños nuevos.

Los días revueltos en el sentir siempre le hacían dudar de su propia cordura y por eso, necesitaba palpar la normalidad de su ser;  decidió “fundirse a negro” con Txell Miras, ahumarse los ojos y cerrar aquel sábado en una sala de cine, acompañándose de personajes convulsos, inquietos, ilusionados, sufridos, felices … gentes normales, al fin y al cabo.

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