The Sunday Tale+por Berta Rivera
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Camino a casa.

Él conducía y ella dormitaba en el asiento del copiloto. Observaba sus manos firmes sobre el volante...

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Él conducía y ella dormitaba en el asiento del copiloto… Observaba sus manos firmes sobre el volante, seguras al cambiar de marcha y dulces al dejar olvidada una caricia en su rodilla camino de nuevo hacia el volante; quería disfrutar el camino, la tranquilidad de su compañía a través de los kilómetros antes de llegar a su destino, junto al Duero… No sabría decir  si el camino era en realidad corto o era sólo cosa de su percepción del tiempo, pero cuando se disponían a recoger la llave de su habitación en el hotel hubiera jurado que hacía escasos minutos cerraba tras de sí la puerta de su apartamento.

Junto a ellos esperaba un tipo curioso calzado con zapatillas rojas, parecía estar solo; un poco más atrás estaba la pareja perfecta, él en camisa azul yale, ella sobre unos elegantes salones con su cintura ceñida entorno a un impermeable; y dos pasos más atrás sus opuestos … él un innegable fan del sky extremo, ella con el ansia de libertad pintada incluso en sus ropassi no te conociera te tomaría por una voyeur – susurró él en su oído – a lo que ella respondió con una sonrisa… había algo de cierto en aquella observación y se prometió olvidar su manía por ver el mundo a través de las letras de su libro al menos durante aquel fin de semana.

Le encantó el entorno, un hotel ubicado en un viñedo… sólo echó en falta un paseo a caballo; un desayuno regado con el mejor aceite de oliva, la comida con los mejores caldos y las noches… con un par de tequilas… Todo era perfecto, quizá demasiado perfecto…

Recordó el fin de semana en Córdoba, el que las fiebres le habían robado en la nieve… desde que habían comprado la casa juntos ella parecía haberse escondido entre las letras de su libro y él en los kilómetros de cada escapada, de cada viaje…

Pero cuando estaban juntos todo parecía tener sentido, sus mentes parecían alinearse, piel con piel se entendían sin recurrir apenas a las palabras, dejando a los labios entenderse con el beso y a las caricias dar forma a su vida y sus futuros… porque sentían entonces juntos la vida y leían su futuro en las palmas de sus manos aunque en realidad, lo que ocurría era que en aquellos momentos no importaba nada y, menos que nada, el futuro…

Él la miraba sin que ella se diera apenas cuenta, la sentía lejana, la sabía lejos… – ¿Vendrás? –  le preguntó, ella no supo qué responder –  puedo esperar – continuó – pero no voy a hacerlo – el mundo pareció dejar de girar por un momento – saldré a buscarte donde quiera que estés – Ahí estaba él, su decisión, su pasión, su claridad… sonrió, cuando él era él, como había siedo siempre, ella se sentía en casa…

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