El 66 de Sunset Boulevard+por Adolfo Suárez
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Te llamas Tallulah Bankhead y no puedes por mas que ser una estrella.

Hay nombres que lo dicen de todo de su dueño. Era el caso de Tallulah Bankhead. Toda una diva, quizás la mayor diva del siglo XX.

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Si te llamas Tallullah no puede ser dependienta, cirujana, operadora de bolsa o futbolista. Si te llamas Tallullah tienes que ser una estrella, pero además una estrella de esas que llamamos divas, algo excepcional, a medio camino entre la atracción y el desprecio, sin saber muy bien con que quedarnos. Es cierto que esto lo cuentas porque escribes en castellano desde un país donde Tallulah suena aún más exótico que en Alabama, que a su vez nos suena como a campo. Pero visto el resultado, te llamas Tallulah Bankhead y no puedes por más que ser una estrella.

Claro que eso no debían saberlo en su familia cuando nació para formar parte de ella allá por 1902, allí en Alabama (¿Verdad que suena a campo?), teniendo en cuenta que era una de esas familias de retratos en mansiones y pasillos de instituciones muy serias como Senados, Ayuntamientos y cosas de esas, donde es posible que no pegara nada la que terminó siendo una de las actrices más capacitadas del siglo XX, pero también una de sus divas más caprichosa y atractiva, capacitada con todos los excesos que se suponen a las divas, desde los que se cometen con las drogas legales e ilegales a los que se cometen con el amor y el deseo, si es que a estos últimos se les puede llamar excesos, que me da que dependen del color de la moral con que los mires.

El caso es que Tallulah triunfó desde pequeña confirmando todo lo que su nombre profetizaba, al menos visto en la distancia temporal y geográfica con la que escribo sobre ella. Tan extraña, única y excesiva fue que Hollywood nunca se convirtió en su territorio, y sólo la entrego una película a la que podamos calificar de éxito, la Naúfragos de Alfred Hitchcock. Sin embargo, las tablas de los escenarios de Nueva York y Londres fueron para ella lo mismo que los puertos ingleses para los vikingos al comienzo de su era, lugares para arrasar a sangre y fuego consiguiendo botines de aplausos y críticas como quien roba caramelos a los niños.

Desde mediados de los años 20 a finales de los años 50, Tallulah Bankhead fue la diva de las divas, la dama del teatro a la que secretamente -o no tanto- se aludía con el personaje de Margo Channing en Eva al desnudo, la excesiva y atronante figura a la que se caricaturiza -menos de lo que pueda creerse- con la malvada Cruella de 101 Dálmatas. Era única y sin límites en sus libertinajes, desde la cocaína que afirmaba consumir sin ningún pudor (La cocaína no crea hábito. Debo saberlo – La he estado tomando durante años, declaró), hasta las relaciones sin tapujos ni límites con hombres o mujeres.

Tan sólo pareció poner dos reglas -o algo parecido- a su vida, llena tanto de vicios, excesos como de cumbres artísticas y de ingenio: Nunca practicar dos vicios al mismo tiempo y pensar que si viviera su vida otra vez, cometería los mismos errores… sólo que más deprisa.

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