El 66 de Sunset Boulevard+por Adolfo Suárez
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Quentin Tarantino. Carne picada de la mejor.

Se reestrena Pulp Fiction, una ocasión que ni pintada para acercarse al último director original del séptimo arte.

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A veces llueve en verano, dejando el olor a hierba mojada por la tarde y la temperatura justa para que la cerveza no se convierta en caldo a los dos minutos de colocarla en la mesa. A veces piensas en ir al cine y te encuentras con que en un país que parece reñido con las películas que tengan más de seis meses, reestrenan Pulp Fiction en las salas, como si esto fuera un episodio cualquiera de The Big Bang Theory en el que a sus protagonistas les gustara el cine de verdad.

Steven Spielberg y George Lucas, por poner un ejemplo, cogieron las películas de aventuras de su infancia y las convirtieron en Indiana Jones y en La guerra de las galaxias. Fue un proceso natural, que se ha ido repitiendo en la historia del cine de manera cíclica. Cada generación de creadores ha ido convirtiendo en sus películas las películas que vio de pequeño, de la misma manera que Douglas Fairbanks llevó al cine, antes de que hubiera otros referentes, las grandes novelas de aventuras por entregas. Comían carne, y nos dieron carne, de la misma calidad, con otras salsas y presentadas en otros platos. Pero carne, al fin y al cabo.

Quentin Tarantino creció comiendo carne picada de supermercado de los de ir tirando. Al tiempo que se empapaba de cine del que hoy huimos como del diablo, por mucho que fuera el que se llevaba a finales de los 70 y principios de los 80, infumables películas de serie Z que se limitaban a enseñar desnudos, violencia, artes marciales o salvajadas varias dependiendo del género al que quisieran parecerse. Los americanos, que ya he dicho muchas veces que les encanta eso de poner nombres a todo para que a los demás nos encante escribirlos, a eso lo han llamado exploitation movies.

Los demás nos quedamos simplemente en frikis de mayor o menor escala que siguen teniendo sus momentos de placer culpable viendo cimas del cine de acción como Los siete vampiros de oro, mezcla infame de cine de vampiros y kung fu con muertes de los susodichos que tienen menos realismo que las muñecas de Famosa dirigiéndose al portal. Y no es una exageración. Pero Quentin no.

Quentin digirió todo aquello y nos ha devuelto aquella carne picada en forma de ternera de Wayu, Guaiyu o como se llame, usando su cerebro como si las máquinas de picar carne aumentaran la calidad de lo que pican. Cine de artes marciales en Kill Bill, de atracos en Reservoir Dogs, Spaghetti Western en Django desencadenado. Y cine de todo en Pulp Fiction.

Cualquier otro director sería incapaz de filmar escena tras escena como si se pudieran considerar cortos con toda una historia autoconcluyente encerrada en ellos que a la vez forman parte de un todo coherente. Es posible que a Hitchcock le diera algo, que Ford enviudara del ojo bueno y que Wilder… Bueno, Wilder no pararía de reír. Tarantino es el último creador del cine, el último director original del séptimo arte, a la vez que el copiota más descarado que ha existido. Alguien que -por ahora- no necesita de ladrillos infumables como Linklater para jugar con el tiempo en sus películas o ser un genio con los guiones.

Podríamos haber hecho un experimento de esos de escuela de cine a la que nunca acudió Quentin. Proponer a cuatro, cinco, ocho o 17 directores que hicieran una escena no publicitaria en la que sus personajes hablaran de una hamburguesa de McDonalds. Lo de Tarantino se llamaba Pulp Fiction. Chúpate esa.

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