El 66 de Sunset Boulevard+por Adolfo Suárez
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Muhammad Ali: El poema más pequeño del mundo del boxeador más grande de la historia.

Era grande, en sus aciertos y en sus errores, en sus importancias y en sus detalles. Era Muhammad Alí.

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Hablando de vidas de película, hay pocas de ellas que reúnan tantos méritos para cumplir con esa definición como la de Cassius Marcellus Clay, Jr., conocido mundialmente primero como Cassius Clay y más tarde como Muhammad Ali, nombre por el que se cambió el primero tras su conversión al Islam, esta una más de sus polémicas decisiones, como la de negarse a ser alistado para la guerra del Vietnam, lo que le acarreó la suspensión que le mantuvo apartado del ring durante los que podrían haber sido sus mejores años en el cuadrilátero. Porque sí, aunque no hacía falta decirlo, para eso siempre estuvo él, Muhammad Ali fue el mayor boxeador de la historia.

Ali tuvo una vida de película de deportes, de campeón en unas olimpiadas, de boxeador que llega a ser dos veces campeón mundial de los pesos pesados, de películas de peleas imposibles, épicas. Una vida de película de Don Juan, de película de hombre hecho a sí mismo, de luchador contra el racismo. Por hacer, incluso se podría hacer una película donde fuera el malo, el fanfarrón, el controvertido, el soberbio.

Todo eso y bastante más era Muhammad Ali. Y casi todo aparece en Ali, su biografía más acertada en la pantalla, protagonizada por un excelente Will Smith, y de obligada visión para quién se quiera acercar al mito y al hombre, aunque lleve en sí el pecado de tantas biografías en la pantalla, aquello de quien mucho abarca poco aprieta. La otra película sobre su vida es de 1977 y está protagonizada por él mismo, basada en su propia autobiografía, y por ello lastrada por la alta opinión propia de quien ha conseguido casi todo lo que se ha propuesto.

Sí, Muhammad Ali era un fanfarrón charlatán, pero la verdad es que casi todo lo que solía decir de sus combates solía cumplirlo y solía utilizar su fanfarronería para defender causas que merecían la pena, y no era de los que rehuían la pelea por imposible, tampoco en este caso fuera de las 12 cuerdas. Era grande, en sus aciertos y en sus errores, en sus importancias y en sus detalles. Era Muhammad Alí.

Lo cuentan al final del que seguramente es el mejor trabajo cinematográfico sobre su figura, el excelente documental When We Were Kings dirigido por Leon Gast sobre su legendaria pelea con George Foreman en Zaire en 1974. Muhammad Ali fue invitado a Harvard para dar un discurso a los estudiantes de último curso, él, que sufría dislexia y le costaban las palabras largas. Él, que recordó a los que les escuchaban aquel día que debían utilizar lo aprendido para mejorar el mundo. Porque tenían la oportunidad que él nunca había tenido.

En un momento, al terminar el discurso, tras los aplausos casi interminables, alguien del público le gritó: ¡Queremos un poema! Y el boxeador más grande de la historia, Classius Clay, Muhammad Ali, el negro, el musulmán, el estadounidense, el antibelicista, el fanfarrón, el guapo, el discutido, se sacó de la manga uno de los poemas más pequeños que se han escuchado. Sólo dijo dos palabras, rápidas y certeras como un directo de derecha: “Me, We”.

Yo, nosotros.

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