El 66 de Sunset Boulevard+por Adolfo Suárez

De lo que te prometieron para ser Princesa.

Lo hicimos todo por ti, menos lo único que tu querías: Hacerte princesa.

  • facebook
  • Tweet
  • g+ 1
  • pinit
  • E-Mail Text Link for Post
  • WhatsApp

Lo hicimos por ti. Escalamos por acantilados imposibles y nos retamos a espada con las manos derecha e izquierda indistintamente contra los mejores espadachines del reino. Resolvimos acertijos y nos salvamos de venenos. Lo hicimos por ti. Porque estaba bien, porque eras de un cuento, porque Colombo nos caía de puta madre, porque eras La Princesa Prometida, y corrían los 80, y aun nos quedaba mundo por arreglar, y tú no debías casarte con el malo, y nosotros no íbamos a permitirlo. Así que lo hicimos por ti.

Lo hicimos por ti. Nos pusimos a pensar en cajas de bombones y en lo que decían nuestras madres. Nos hicimos los tontos y los buenos chicos porque así pensábamos conquistarte. Fuímos Forrest Gump porque tocaba serlo, aunque no nos gustara demasiado, salvo por la música y cierta filosofía que no necesitaba explicación. Y corrimos, y fuimos a Vietnam. Y conocimos a Kennedy.

Pero tú eras de esas. De las que prefieren a los chicos malos. Esas que te decían que te preferían como amigo. Te fuiste con Sean Penn, que no hay más que mirarle a la cara para saber que no hubiera subido aquel acantilado con nosotros, que hubiera hecho trampas con el acertijo, que hubiera llevado pistola al duelo con espadas. Te hubiera salvado del príncipe, pero era de Malagón, no había más que verle.

Nosotros te perdimos la pista, pero no dejamos nunca de ser capaces de continuar la frase de Iñigo Montoya, por mucho que buscásemos el ascensor de los acantilados complicados, las tablas en los duelos, las pistas en los acertijos. Comprendimos al fin que la vida es aventura sí o sí, pero que además es corta para andarse con muchas gilipolleces, y que los besos saben mejor cuando te los da un sueño que además te aguanta todos los días cuando sales del baño sin haber colocado el cepillo en su sitio.

Y de repente te encontramos una tarde-noche de abril en las calles del viejo Washington. Vas de la mano de alguien a quien no logramos ubicar pero que nos suena de algo. Se llama Frank Underwood y te ha hecho Primera Dama. No pareces triste ni pareces contenta, sólo pareces fría y poderosa. Es posible que ya no te importemos, ni tampoco los acantilados, las espadas o los acertijos. Serias perfectamente capaz de rescatarte tú sola si es que lo necesitases.

Nos despedimos de manera fría y nos alejamos sin volver la vista atrás, un poco tristes pero aliviados. Y de repente nos acordamos de donde vimos al tal Underwood. Quizás con otra cara, quizás un poco más viejo, quizás con otra ropa. Pero era él, sin duda. El príncipe malo, el que te prometió lo único que siempre quisiste ser: princesa.

Meta información

Newsletter