El 66 de Sunset Boulevard+por Adolfo Suárez
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Alien: El día en que Flash Gordon se jubiló.

Alien significó para los héroes de ciencia ficción lo mismo que De Niro y Scorsese para los taxis. Ya nunca volverías a ver uno y pensar lo mismo.

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Flash Gordon tenía un trabajo estupendo. Un héroe galáctico que combatía contra el malvado tirano Ming, al que siempre terminaba por vencer sin demasiadas dificultades, casi sin despeinarse. Tenía novia formal, Dale Arden, y buenos amigos como el Príncipe Barín del reino de los bosques de Arboria, o el científico Hans Zarkov. Viajaba mucho y muy lejano, y los presupuestos no le incomodaban, puesto que al fin y al cabo sus efectos especiales los hacíamos cada uno de nosotros al tiempo que nuestra imaginación surtía de movimiento y sonido 3d estereo sensorround plus quetecagas cada una de sus viñetas.

Flash Gordon llevaba haciendo de héroe espacial y del futuro desde 1934, que ya es decir pasado para el futuro y eso de los viajes espaciales. De hecho, ya se había conquistado la luna de verdad, sin darla con una bala de cañón en el ojo, que no eran formas, y con naves ni mucho menos tan elegantes como las que usaba el amigo Gordon, tan monas ellas. Todo era más ciencia y menos ficción.

En 1977 nuestro amigo Flash le debió haber visto las orejas al lobo cuando un tal Luke Skywalker y sus alegres compañeros Han Solo y princesa Leia armaban la de Dios con una guerra entre galaxias que dejaba sus románticas y pintorescas aventuras a la altura de meras anécdotas. Y sobre todo, se debía haber dado cuenta de que Darth Vader y el lado oscuro de la fuerza eran bastante más serios como enemigos que ese remedo de Fu Manchú que era Ming.

Pero para enemigos chungos, los que trajo un tipo llamado Ridley Scott, británico, por más señas, que así, por lo sano, se cargó el trabajo de Flash Gordon antes de que ni siquiera se diera cuenta de lo que pasaba. Ridley Scott plantó un monstruo en el espacio que daba mucho más miedo que Darth Vader y Ming juntos. Alien, ese octavo pasajero de la Nostromo, era puro terror, una fuerza elemental, un animal letal astuto y escurridizo que se cargaría al infantil de Flash en menos de lo que tarda un sable láser en encenderse.

Alien llevó el terror al cine de ciencia ficción, al curro de héroes como Flash Gordon o Buck Rogers y lo cambió de arriba abajo. Las cosas se habían puesto serias, tan serias como para que surgiera un nuevo tipo de héroe, a la vez menos Errol Flynn y más Katharine Hepburn cuando se ponía de morros de verdad, Ripley. Era como cuando tu madre se terminaba por hartar y se agachaba para coger la zapatilla. Había que correr, y punto.

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