BookIn+por Rafael Martínez
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Gabriel García Márquez y la genialidad literaria.

Mucho podríamos extendernos y no conseguiríamos condensar en este poco espacio toda la genialidad de García Márquez.

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El 6 de marzo de 1927 era domingo y a las 9 de la mañana en Aracataca se respiraba un aire puro y fresco que venía directamente de la Sierra Nevada de Santa Marta. Es probable que en ese preciso instante hubiera una conjunción mágica de planetas y estrellas como nunca antes se había dado en aquel lugar y que generara una energía sobrenatural, la cual fuera a parar directamente a las entrañas de Luisa Santiaga Márquez Iguarán, dotando al hijo que llevaba en su vientre de un talento jamás imaginado hasta entonces. Fue así, en ese preciso instante, ese domingo a esa hora, cuando Luisa dio a luz a su hijo Gabriel.  Poco después – porque para según qué cosas 87 años puede ser muy poco – moría el genio. Mientras tanto, ocurrieron algunos hechos que merecen ser contados.

Pensar que un genio de nacimiento tarda 28 años en destapar su arte podría llenar de esperanza a todos los que están por descubrirse. Desde el día en que nació, en la mente de Gabriel estaba la eterna imagen de sí mismo escribiendo sin parar. No cesaba en su empeño y es de suponer que algo le impedía contar las historias que fluían en su cabeza, pues necesitaba un lugar mágico en el que pudiera derramar su creatividad sin tener que rendir cuentas a nadie. Fue entonces cuando descubrió Macondo, un pueblo, ya algo maltrecho, escondido en su ser, que fundó y colonizó él mismo causando la admiración y el deleite del resto de los mortales. Pero no vayáis a creer que Macondo nació cuando pensáis, no. Macondo nació mucho antes, exactamente doce años antes, con La Hojarasca y con un Buendía en la palestra. Macondo, coroneles, magia, doctores, Buendías… ¿os suena? No son más que los cimientos de la grandísima obra maestra de Gabriel. Y hablando de coroneles, hay uno al que debemos tenerle mucho respeto, pues ser veterano de la Guerra de los mil días no es moco de pavo. Aún así, El coronel no tiene quien le escriba, ni siquiera el gobierno para confirmarle que le paga su pensión de veterano. El pobre coronel tendrá que buscarse la vida – la poca que le queda – como pueda. Este afán por dar protagonismo a los coroneles sin duda le viene a Gabriel por el hecho de haber vivido su infancia con su abuelo, el coronel Nicolás Ricardo Márquez y seguro que es por eso por lo que este y otros grados militares están impresos a fuego en las obras de Gabriel.

Llegados a este punto y con dos títulos imprescindibles en su haber, es buena hora de dejar de llamarle Gabriel y referirnos a él como García Márquez. Es buena hora, digo, a pesar de que él se empeñara en lo contrario y siguiera contándonos cómo, según su criterio, influenciado por las historias de su abuelo el coronel, se fraguó la Guerra Civil. Otra vez en un pueblo al que le llegó La mala hora. Y entre pueblos, coroneles y guerras civiles, García Márquez sigue empeñado en hacer crecer la leyenda de Macondo, volviendo a la carga. Pero no, de nuevo, no. Aún no llegamos a la grandísima obra de García Márquez. Antes tenemos que dar una vuelta por ese Macondo repleto de personajes misteriosos, entrañables, tiranos, o celestiales. Antes, hay que acabar con María del Rosario Castañeda y Montero, La Mamá Grande, dueña absoluta de Macondo. Acabar con ella, sin ser del todo sencillo, ha resultado a García Márquez un nuevo esfuerzo literario que nos regala invitándonos a sus funerales, Los funerales de la Mamá Grande.

Mucho podríamos extendernos y no conseguiríamos condensar en este poco espacio toda la genialidad de García Márquez, pero lo que no podemos obviar es que, si bien su abuelo el coronel tuvo su parte de culpa en la obra literaria de su nieto, no quedarán a su sombra, los misterios que entrañan las historias que tomó prestadas de su abuela, Tranquilina Iguarán Cortés, a quien transformó en la Úrsula Iguarán que todos conocemos, la madre de los Buendía, ¡ahora sí! que vivió  y murió en Macondo ¡ahora sí! y que García Márquez convertiría en uno de los pilares de su grandísima obra maestra, Cien años de soledad.

Y aquí, en la mitad de su vida, García Márquez ya nos había dado su inmortalidad en bandeja de plata. Aún le quedaría otra media vida por delante en la que continuaría regalándonos magia para nuestros sentido y, lo más importante, media vida más que tenía que Vivir para contarla.

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