Art the moment+por Ana M. Serrano
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El verano londinense de Alberto Giacometti.

La Tate Modern de Londres acoge una amplia retrospectiva que repasa la vida, la obra y el alma atormentada de Alberto Giacometti.

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Pintor, escultor, existencialista y solitario. Alberto Giacometti llevaba el arte en el ADN. Se lo bebió a morro en el biberón y creció entre lienzos y olor a trementina. Su padre, pintor impresionista, le inició en el dibujo en aquel idílico paraje de los Alpes suizos donde transcurrió su infancia. En el taller de Giovanni —su progenitor— copiaba a Durero y posaba interminables horas antes de constatar en la Escuela de Artes y Oficios de Ginebra que había nacido para ello.

Después se trasladó a París. Corría el 1922 cuando descubre la escultura en la Academia de Grand Chaumière de la mano de E. A. Bourdelle y se introduce en el mundo artístico de Breton, Brancusi, Sartre y Simone de Beauvoir. También conoce a Picasso, con quien entabla una confusa amistad que giró siempre entre la rivalidad y la admiración mutuas.

El cubismo, el simbolismo, el surrealismo, la idea de la muerte y la vida determinaron un camino artístico que quedó marcado para siempre por la huella del Holocausto y la Segunda Guerra Mundial. Aunque no vivió la guerra de primera mano (la pasó en Ginebra, en la penumbra de una solitaria habitación de hotel), su regreso a París tras el triunfo de los aliados le reveló la inmensa tragedia que se había perdido. Entonces comprendió. Aparecen así las figuras alargadas, famélicas, rígidas; las superficies rugosas, los espacios infinitos, las sombras de la devastación bélica.

La Tate Modern londinense acoge desde el pasado 10 de mayo y hasta el 10 de septiembre una amplia retrospectiva dedicada a la mirada austera de Alberto Giacometti. Cinco décadas de trabajo a través de más de 250 obras repasan la vida y la obra de uno de los artistas clave del siglo pasado. El arte es un medio para ver, afirmaba el suizo más poliédrico y profundo de un tiempo convulso, obsesionado con la figura humana y la esencia del alma. Sin embargo nunca pretendió representar lo que veía, sino lo que sentía, la relación de las personas con el espacio y belleza más cruda. Y la tensión terrible de la vida.

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