The Sunday Tale+por Berta Rivera
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Verdad.

Érase una vez la historia de una niña cuyo nombre era el de la diosa de la Verdad...

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Aletheia caminaba sóla de regreso a casa como cada tarde; cargaba su mochila con no poco esfuerzo y con la decisión propia de un alma grande en un cuerpo pequeño y es que Aletheia era pequeña y menuda para su edad, acababa de cumplir 9 años.

Nunca había tenido demasiados amigos y éstos siempre habían resultado ser los menos populares del colegio pero eso era algo en lo que Aletheia no había reparado del mismo modo que parecía no preocupar en exceso a sus padres; a ella le bastaban sus libros, se adentreaba en ellos en cuando tenía oportunidad y, a través de las historias que iba descubriendo, se imaginaba después un mundo mucho más bello que el que la rodeaba, no pensaba en irse a vivir a él sino en hacer que su mundo se convirtiera en él… –es un proyecto ambicioso ese tuyo de cambiar el mundo– solía decirle su madre; ella se encogía de hombros sin acabar de ver el problema –no tengo otra cosa que hacer– replicaba.

Con lo que Aletheia no contaba, afortunadamente sus padres si habían reparado en ello, era con la llegada de la adolescencia, con un despertar mágico en su mente, con un deseo infinito de comerse el mundo más que de transformarlo y con la angustia que llegaría a sentir al volver sola a casa cada tarde.

Una de aquellas tardes llegó más tarde y más triste de lo habitual, su madre descubrió en sus ojos restos de un llanto contenido y se acercó a ella con el ánimo de consolarla y un deseo irracional de poner punto y final a la compleja adolescencia. Aletheia se dejó abrazar y soltó las lágrimas que había mantenido a duras penas encerradas tras sus párpados, su madre no preguntó nada, sólo acarició su cabello y tarareó la nana con la que solía dormirla cada noche cuando todavía era demasiado pequeña para los cuentos.

Su padre se asomó al salón, las vio recostadas en el sofá y, ante el gesto afirmativo de su mujer que, tras más de 30 años juntos, supo traducir enseguida por un ‘estamos bien‘, se alejó respondiendo con el mismo movimiento de cabeza que venía a decir ‘estoy aquí, con vosotras‘.

Entonces Aletheia le contó a su madre el terrible día que había pasado y como había terminado con un desplante del que había sido, en los últimos tiempos, su mejor amigo –¡no todo el mundo aguanta la verdad como tú la dices!– le había espetado. Su madre apenas pudo entender de qué verdad hablaban porque no era algo que Aletheia considerase importante, lo único que la niña repetía era que sólo había dicho lo que pensaba, que no quería molestar a nadie pero que si le prenguntan lo que piensa eso es lo que va a decir y no otra cosa porque decir otra cosa es mentir, es feo, es malo… no es verdad¿de qué te sirven los amigos que no te dicen la verdad?– exclamó rendida a la incomprensión.

Su madre la miró con una mezcla de orgullo y lástima, le dolía verla sufrir de aquel modo pero no podía menos que sentirse feliz por ver cómo se estaba convirtiendo en una persona honesta y fiel a si misma, aun así, estimó oportuno hacer algún apunte interesante…

Querida– le dijo –los amigos no te sirven de nada ni deben hacerlo, los amigos están para reir y llorar juntos, para ayudarse cuando es necesario, para aplaudirse y hacer del camino, que es la vida, un tránsito más feliz- la niña estaba a punto de interrumpirla pero, ante un gesto de su madre, no lo hizo –la verdad, querida mía, tiene sus momentos y es cierto que a veces no estamos preparados para asumirla, es como cuando eras pequeña y, al morir alguno de los peces de colores, corríamos a la tienda a buscar otro igual para que no te dieras cuenta-¿y cómo sé cuándo es el momento de la verdad y cuándo no? preguntó Aletheia sintiéndose ante un dilema indescifrable para su mente.

Fue entonces cuando su padre entró de nuevo en el salón, esta vez para sentarse junto a ellas. Ambas mujeres callaron y su madre sonrió y asintió al ver como su padre miraba a Aletheia y le decía –pequeña… la verdad es que hay algo que tu madre y yo debemos contarte, es acerca de ti, algo que debes saber…-.

Verás…– comenzó su madre –cuando tu padre y yo supimos que esperábamos una niña decidimos buscarle un nombre especial, uno que fuese inolvidable e inconfundible, uno sólo para ti-, –así es– continuó su padre –y, cuando naciste y vimos tu carita pequeña llorando con tanta decisión, supimos que serías Aletheia-,es un nombre griego dijo la niña –– confirmó su padre –es el nombre de la diosa griega de la verdad– la pequeña miró a sus padres sorprendida –pero– dijo –¿no es Verita?– a lo que su padre respondió enseguida que Verita era esa misma diosa en la mitología romana.

Su madre le contó entonces diferentes leyendas acerca de la diosa de la Verdad, le habló de sus virtudes elusivas que hacían que a la gente le diese miedo acercarse a ella o del espejo que solía llevar siempre y el temor de la gente a asomarse a él porque era en realidad tan certero como el del cuento de Blancanieves, sólo revelaba la verdad…

Se hizo el silencio en el salón y sus padres dejaron que Aletheia pensara unos minutos en lo que le habían contado, la niña los miró a ambos y se encogió de hombros –no me gustan las cosas que no son de verdad– dijo entonces y recibió el último consejo de aquella tarde –tú eres de verdad– dijo su madre –y no puedes ser de otra manera, eres de verdad como el verano es cálido y no puede ser de otro modo pero debes elegir como relacionarte con el mundo, debes decidir cuando callar y cuando hablar, debes pensar que, si la verdad hace daño, a lo mejor no es tan importante decirla o sí… eso es lo que debes decidir-.

Hay algo más– intervino su padre –no debes olvidar nunca que vives en un mundo que es un poco de verdad y un poco de mentira, uno en el que la gente a veces se cuenta mentiras para sobrevivir y otras veces para hacer soportable una vida que detestan y que no están dispuestos a luchar por cambiar y tú, querida Aletheia, tú llevas el nombre de una diosa pero eres tan humana como cualquiera… no puedes cambiar el mundo pero, como dice tu madre, sí puedes decidir cómo relacionarte con él, tu mundo, ese sí puedes construirlo con tus propias manos.-

Aletheia de nuevo miró a sus padres pero esta vez no dijo nada, sólo hizo un gesto afirmativo y se marchó a su habitación. Sus padres se miraron y se sonrieron ¿quién dijo que crecer era fácil? pero era hermoso.

+

Aletheia cogió el cuaderno que escondía bajo el colchón, lo abrió por la última página escrita y apuntó una nueva anotación: No me gusta la gente que no es de verdad. No me gusta la gente a la que no le gusta la verdad. No son de fiar.

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